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02 Alguien tiene que morir

Respiró. Quedaba poco personal y las luces estaban bajas. Sus pisadas eran fuertes; había eco ahí, y eso le resultaba agradable; le parecía casi un consuelo, como todo lo que causa algo de certeza.
Ellos, en sus cuartos, dormían. De vez en cuando los miraba por la mirilla de la puerta; de vez en cuando llegaba un murmullo que crecía y de pronto era gritos, pero duraba poco.
Él caminaba por los pasillos; estaba todo tan silencioso, tan irreal... A veces se cruzaba con una enfermera e intercambiaban palabras cortas y olvidables.
Era una noche clara. No iba a pasar nada esa noche.
En una esquina se había quemado una bombita, y ahora era un bache oscuro entre dos soles agonizantes de luz blanca. Se detuvo; tenía la bombilla de reemplazo en el bolsillo y la escalera portátil enganchada en el brazo. Abrió la escalera, metió la mano en el bolsillo, sintió el cristal frío entre las yemas. Pero se quedó ahí parado, con la mano en el bolsillo, en la tregua de una esquina sin luces.
El murmullo llegó de atrás, de un cuarto. Un cuerpo flaco y cetrino se desdibujaba bajo las sábanas blancas, y gemía en la cama, pero no se movía, sino que permanecía ahí, seco, sudado, extenso. Él sabía lo que venía a continuación. El gemido iba a mantenerse monótono, en ascenso durante un tiempo, iba a convertirse en grito, iba a atraer a una enfermera, iba a morir en el consuelo de una inyección, amparado por la luz proveniente de una lámpara en la esquina del pasillo. Él esperó, mirando por la mirilla, tras el cristal. El murmullo siguió, monótono, en ascenso, alto. Era una retahíla de frases sin sentido que colmó el cuarto. Pero no hubo gritos, y la enfermera no apareció. El gimiente no se removía en la cama, pero en un momento abrió los ojos, y miró el techo. El ruido seguía; era como un tono independiente y monocorde, una pesadilla que se materializaba en su persecución y colmaba el cuarto y llenaba de pavor los ojos del que yacía. Él miraba; una pesadilla trepaba a las paredes y lo miraba desde el otro lado de la puerta. Lo miraba, y reptaba en la cama, y se confundía con las sábanas; hacía vibrar el cuerpo en escalofríos, desdeñaba a la mano que se alzaba en ruego, cubría el jadeo de los labios entreabiertos, crispaba las dedos.
Todo ocurrió muy lento, muy rápido; la respiración se hizo errática de pronto, estruendosa, y languideció para desaparecer como un silbido. Y eso fue todo, un rostro como una máscara de cera, una boca abierta, una mano cerrada, un pie asomando bajo la sábana. Un minuto de silencio bajo una lámpara quemada, en una noche clara. Y el posterior jaleo de delantales blancos arrastrando una camilla bajo las luces, una tras otra, tras otra, tras otra, por un pasillo eternamente blanco e iluminado, sobre la mirada extinta de él con la mano en el bolsillo.

02 El hombre y su doppelgänger

Un doppelgänger que se asoma y lo mira, y no lo mira pero le persigue la mirada, entrecierra los ojos, le sonríe, se burla, hace aspavimentos, lo copia. Es tan idéntico a él que le da miedo, pero puede no reconocerse en el doble: hay algo extraño, algo ajeno: una sombra escondida en la curvatura de su cuello que se desliza a la mitad de su cara y se pierde en las orejas, una mano que copia sus gestos pero se tensa incómoda (es su mano), un algo agazapado bajo su apariencia de doble casi exacto. El doppelgänger se ríe, se ríe como si supiera lo que él está pensando en este momento: de algún lado (¿de ese otro?) sale la voz que dice "ay, Martín", y en ese "ay" está la burla: es un "ay" que intenta convencerlo de que nada es anormal en el doble que se asoma y lo imita, que no hay algo distinto a él en ese otro, que sólo hay uno en ese cuarto y es él, Martín, a las 2 de la madrugada y con tres cuartos de petaca de whisky encima, que las manifestaciones son unilaterales y el doppelgänger es nada, un outis que sin embargo...

Ahí está, riendo con ojos achinados, le persigue la mirada y Martín lo mira a él, o quizás ocurre al revés, pero es lo mismo. Se miden, o eso cree que hacen; en todo caso, lo mide. El otro parece medirlo; simula, pretende. Se habla, le habla; hace un rictus con los labios que el otro copia simultáneamente. Sentiría amenazada su precaria individualidad ante semejante descaro, pero el doppelgänger, en su igualdad, visto desde afuera, es distinto; el rictus se hace amargo, Martín lo enfrenta y el otro se multiplica: mil caras persiguiéndole la mirada, mil caras mirando hacia otra parte, mil caras copiándole los gestos que no son los suyos. Hay una imagen graciosa y la voz estalla en carcajadas; el rictus desaparece, pero los ojos miran a los ojos que ocultan esa diferencia inaprensible, el doppelgänger vuelve a ser uno y Martín se aleja, horrorizado: vio en el fondo lo fragmentario pero algo más, vio en los ojos del doppelgänger cómo éste observaba a su doble, se vio en el reflejo del negro de esas pupilas y él mismo era distinto, se vio disolverse, vio su pánico en la mirada del otro y supo que tuvieron la misma sospecha, pero en el otro había más, había la risa (¿o era su propia risa?), había esperanza (¿o era su esperanza?), había labios moviéndose y nuevamente era la voz diciendo "ay Martín", la burla de intentar creer que había sólo uno en el cuarto, que había un Martín reflejando un doppelgänger y no un Doppelgänger reflejando un martín, que la sospecha eran los tres cuartos de petaca en la sangre, que era él el que le daba la espalda al espejo y no al revés, que había él, que era más que un montón de imágenes y un montón de reflejos.


02

La anhela en su trayecto, viéndola deslizarse tan melindrosa, pegada a las paredes de vidrio verde, indolente y perezosa, ausente detrás del vidrio, siempre ausente. La espera, la última de boca roja; acaricia las curvas verdes, frías, y la mira con ojos febriles de madrugada, de insomnio y calles desiertas. La imagina, de cuerpo fuerte y fresco, o quizás sedosa y sutil, con perfume a robledal; la respira, y ella no termina de deslizarse, capitosa. Calla el silencio en la noche, callan una guitarra y un acordeón. Las luces titilan, mosquitas insidiosas danzando en manchones blancuzcos; los autos no transitan al costado del mundo. Y en el vacío frío de brisa indiferente, ella no acaba de aparecerse, tan linda, tan roja, reticentemente líquida, la última compañía de labios rubí, la última que no se asoma; la última, tan ausente.

02 El que rompe, paga.

- Parece que tendrá que comerse sus palabras. Abra la boca. Abra... así. Cierre. Trague. Trague, que ya pasa. Ahora márchese.
Mira, miran. No hay nada que hacer.
- Es excelente, excelente. La felicito. Así es como deberían ser las cosas.
Él acaricia la cabeza. Los cabellos están bastante sedosos; se nota que usó mucha crema para peinar. Y que no limpió con trapeador, no, dejó secar los cabellos pacientemente, y cuando se fue a dormir lo hizo con ruleros, a la antigua.
- Ea, así. ¿Vio que no era tan difícil?
La puerta de salida se abre con el tintineo de las campanitas en lo alto. Es un local que no se ha automatizado. Pero nadie acude al ruido de las campanitas; la miran irse.
Camina por la calle. Las palabras rebotan en la boca; se ha atragantado, ha tomado demasiado té, le duele el estómago. No hay un baño cerca. Entra en el primer café que encuentra, casi vomita: “un té”, grita, y corre al cuartito que llaman “tualet”. Las palabras salen como sapos de la boca, y rebotan en las paredes, porque es un lugar chico. No suele tocar nada en baño ajeno, pero ahora apoya las palmas abiertas sobre el mármol de la pileta para sostenerse, porque el temblor de estómago se ha extendido a los pies, a las piernas. Se mira en el espejo cascado. Intenta hablar.
- Trabajo duro, merezco un buen trato – y “trato” rebota hasta hundirse en el agua limpia del inodoro.
Sigue una risa.
- Llámeme, Bob; es el momento que todos esperamos.
- Hágalo rápido.
Traga, otra vez.
- Te está manipulando, no te deja salida.
- No.
Salen por los dedos de los pies, de algún modo. Cae hasta las baldosas rojas de la esquina, al lado de dos pelusas que vuelan y luego se quedan quietas. Respira.
- ¿Por qué? Permítame, puedo hacerlo mejor. Así, ¿le gusta más?
Se siente mejor.
- Págueme al menos, doña Inés, ¡yo trabajé aquí un mes!
Y se acaricia la cabeza.
Gana coherencia. Traga saliva y se levanta. Se acomoda la ropa. No puede volver, pero tampoco puede desaparecer. Habrá que hacer de cuenta que no pasó nada, como le dijeron que hiciera. Jamás pasó nada.
- ¿Va a tardarse mucho más?
La señora que espera afuera la mira mal antes de entrar. Hay una cola de mujeres impacientes con bolsos y polvos. “Qué desconsiderada”.
El té, en la mesa, ya se enfrió. Lo toma igual. Le queda poco dinero, pocas ganas, no sabe adónde ir. Paga. Ya encontrará un rincón donde caer.

02 Una Tragedia Contemporánea

Ningún animal fue dañado durante el rodaje de esta película.

Mi hombre no tenía mucha cultura alcohólica. Llegó al bar cuando caía la noche. Había poca gente; él se sentó en la barra. No me miró. Tenía el aspecto típico, algo decaído, de pelo pajoso despeinado, ropa casual arrugada y con unos días de uso. Un cliente había puesto como música de fondo la voz de una alcohólica rubia y sucia.
- Sírvame un whisky – dijo, sin mirarme, manteniendo las distancias.
Tamborileaba sobre la mesa acompañando la música, pero no parecía escucharla. Se miraba las uñas, de vez en cuando. Le serví. Alejó el vaso de sí unos centímetros y lo miró como si acariciara una idea inverosímil, luego lo alzó y lo bebió de tres tragos, y frunció el entrecejo, y pidió otro. Le serví. No me miró, se repitió la escena. Luego apoyó el codo en la mesa, y la cabeza sobre la mano inexperta, y empezó a hablar con voz pastosa.
Era una historia típica, de borrachín. La pareja lo había dejado una mañana y todo había seguido igual, como si nada, hasta que llegó el fin de semana y el departamento estuvo vacío y silencioso. Era de tarde, vivía en un tercer piso, lloviznaba. Había puesto música y se había encaramado a la ventana para mirar a los autos pasar y, cómo no, recordarla a ella. La ciudad era gris, como siempre; el ruido de los autos llegaba de abajo. No se veía el cielo, porque estaba nublado. Todo era demasiado tranquilo y rápido. Dos manchas miopes se encontraban en la puerta del edificio, se abrazaban, se alejaban caminando, o subían a un auto, o desaparecían del campo de visión; una mancha paseaba a un perro, otra se quedaba afuera, quizás fumando; sonaban bocinas, volaban las palomas. Se mantenía ocupado, viendo al cartonero que recogía basura, al Fiat que salía del estacionamiento de enfrente. A veces una paloma se apoyaba sobre el aire acondicionado y la espantaba con el pie, pero la paloma se alejaba unos metros y seguía mirando. Ella, Mariela, o quizás Manuela, bellísima, se había ido en la tarde de un día más que hermoso, y recordaba haber oído a las palomas ulular en el hueco de la ventilación que jamás habían cerrado.
No supo decirme cuánto tiempo estuvo apoyado en el marco, mirando, pero debió ser mucho, porque finalmente la paloma se acostumbró a su presencia y volvió al aire acondicionado. Lo miraba y retrocedía, y avanzaba. Él no se movía y ella tanteaba, aseguraba territorio. Lo miraba con ojos gigantes y estúpidos, avanzaba dos pasos. Él no se movía, ella avanzaba dos más. Paraba. Cagaba. Lo miraba, confiada. Afuera hacía frío, de pronto, aunque era el primer día de verano, y apenas unos días atrás se había despertado bañado de sudor, con el ulular en el fondo. La paloma era un bicho estúpido que terminó de confiar y se metió en el hueco de la ventilación. Él se quedó mirando.
Me preguntó: ¿qué más podía hacer? Yo no le respondí, porque era una pregunta dirigida a nadie.
Las plumas de la cola asomaban, negras, de punta redondeada, y el hombre apenas si se planteó la posibilidad de atrapar a la paloma cuando ya la había aprisionado y la había sacado del hueco. La paloma se agitó; él sostuvo la cola con firmeza y la paloma quedó con los ojos desorbitados, moviendo las alas inútilmente, el cuerpo en el aire, las patas absurdas, el cuello nervioso, la cola tensa y ya perdiendo algunas plumas; un bicharraco panzón asustado de manera tosca, como siempre, durante un tiempo mudo. Y él, él tenía el poder... pero ella le volvió a ganar, porque se preguntó cuánto podía durar sin cansarse, y los minutos pasaron lentos, y todo eso le dijo nada. La paloma ni siquiera intentaba picotearlo. La soltó. Ella se alejó volando y no volvió más, las plumas volaron gráciles, tenuemente. La música que se reproducía no había acabado de sonar, pero él se bajó del marco de la ventana y se alejó de ahí. Luego bajó las escaleras, salió a la calle, se convirtió en una mancha y buscó un bar. Y habló y bebió, y bebió, e hipó trastabillándose hacia la salida mientras cantaba una rubia lenta, y si en la calle casi lo atropellan se aguantó la puteada incólume, y se fue así, a lo bobo, caminando. Brindo por eso.


02 El vaso de amapolas

El oriental llegó exclamando que crecían flores en los mingitorios. Todos quedamos algo asombrados ante la interrupción abrupta, pero la profesora Colomba ni se alteró. Apenas si sonrió de costado y le recordó al oriental que estaba dando clases, algo que era evidente y que él no podía haber olvidado, a pesar de que había llegado al instituto hacía poco.
El oriental se quedó ahí, en el vano de la puerta, parado con una expresión indescifrable, y Colomba siguió hablando del tema de turno. Me aburría. Mitad de mi libreta estaba llena de garabatos que tapaba con el brazo cuando ella pasaba cerca, la otra mitad estaba en blanco. Al lado, Petra también dibujaba, pero con más habilidad. Al final me levanté del asiento y salí del cuarto. Colomba interrumpió un momento su discurso, como para preguntar algo, pero decidió cruzar los brazos y siguió hablando. Fue sensato.
No solía escaparme de clases, porque en el instituto no había mucho que hacer y yo había dejado en mi infancia la habilidad creadora, pero el oriental me había desconcentrado lo suficiente como para preferir vagar sin rumbo por los pasillos. Mis pasos resonaban como golpes sordos bajo las lámparas de fría luz blanca, y todo, hasta la oscuridad al final del corredor principal, parecía copiado de una película de suspenso. Las ventanas estaban cegadas malamente con tablas sacadas de mesas del primer piso, pero la luz no se filtraba por los intersticios. Las plantas habían cubierto todo del otro lado, los vidrios sólo delataban el verde de hojas y tallos gruesos. Algunas lámparas titilaban en las alturas, y la luz intermitente creaba en las esquinas sombras móviles que más de una vez me habían provocado un susto. Las puertas chirreaban, y la humedad cubría las paredes, descendiendo del techo triunfante en una guerra sin antagonista. Todo era oscuro y cerrado, como en una tumba, pero no me sentía prisionero. Muchos se habían ido, al principio, y a veces todavía algunos se atrevían a enfrentar lo que pasaba afuera. No los veíamos partir. También estaban los que llegaban al instituto, exhaustos, con rasguños en la cara y los brazos, pero no podían soportar la situación y volvían a salir, incluso antes de que sus heridas sanaran. Pero yo me había quedado. Durante los primeros tiempos funcionaron los teléfonos y llamé cada tanto a casa para tranquilizar a mamá, después quedamos incomunicados, tapamos las ventanas, buscamos provisiones en la cocina y nos dedicamos a prepararnos para pasar el tiempo lo más cómodamente posible en el instituto. También armamos algunas expediciones a los almacenes de la cuadra de enfrente para llenar los depósitos de comida, pero eso pronto se acabó. Los saqueos fueron frecuentes en los primeros tiempos, a veces nos llegaban gritos de guerra y dolor a nuestra reclusión. Después, el silencio, y el mundo de afuera dejó de existir.
En el final del corredor estaban los baños y las escaleras. Los ascensores estaban clausurados (nunca habían funcionado bien), pero las escaleras permanecían libres, en negro silencio. Nadie tenía intenciones de visitar los otros pisos, ya.
Entré al baño, e inconscientemente fijé mi vista en los mingitorios. No había nada, por supuesto; sólo el líquido azulino que ya comenzaba a escasear. El agua caía turbia de la canilla, y me pregunté por cuánto tiempo seguiríamos teniendo los servicios básicos. También, qué haríamos cuando llegara el invierno. Pero mientras escurría las manos salpicando la loza me di cuenta de que no me preocupaba. Hasta ahora, nada malo había pasado. Los que se iban no volvían, pero eso no era alarmante. No sabíamos nada de que hubiera muertos o enfermos graves. De hecho, no sabíamos bien qué era lo que se había propagado allí afuera. Sólo había llegado la alarma, y habíamos quedado apartados del resto del mundo, como en otros lados, gracias a la vegetación que crecía a un ritmo imposible. Afrontamos la situación, eliminamos las plantas del interior del instituto, cubrimos los intersticios que permitirían su llegada del exterior. Sabíamos, igual, que ese no era el problema. Algo peligroso acechaba, yo no dudaba de su existencia. Pero no sabía bien qué.
Salí del baño y miré el pasillo desde las escaleras. Al fondo estaba nuestra aula, y en la puerta el oriental, que me miró con interés. A mitad del corredor había una abertura grande que llevaba al comedor, a las cocinas, y a las oficinas que usábamos como cuartos. Era un espacio grande y éramos pocos; nos bastábamos. Contábamos con computadoras con las que jugar al pimball, al buscaminas y al solitario. Internet no teníamos, había desaparecido con el teléfono, pero nos entreteníamos. Sin embargo, ahora no había mucho que hacer. Lucho me tenía prometida una partida de ajedrez (habíamos armado un tablero y piezas con maderas del primer piso), pero estaba en clases. Yo hacía rato quería jugar al monopolio. Teníamos madera, en el primer piso. Con pies pesados, miré un rato la escalera y subí.

El primer piso era tierra de nadie. No recordaba que las cosas estuvieran tan arruinadas, pero había subido por última vez hacía mucho tiempo. Las cosas en desuso se rompen, o eso parecía. Prendí las luces y vagué por el lugar con cuidado, procurando no pisar nada. Algunas lámparas no tenían focos porque se los habíamos sacado para reemplazar los de abajo, por esas zonas de tiniebla avanzaba con más cuidado. No tenía miedo, para qué, pero el lugar me daba un poco de asco y deseaba volver abajo pronto. Sin embargo, me entretuve un buen rato abriendo puertas y observando esa nada dividida en cuartos. No buscaba algo, porque ya había recogido las maderas necesarias y sabía que no podía encontrar más que eso. A pesar de mi desagrado, y aunque fuera contradictorio, quería hacer tiempo. Abría puertas, escuchaba el ruido, miraba las ventanas. Olía la humedad, también.
Subí al segundo piso, que estaba casi tan desolado como el anterior. En el suelo había polvo, mucho polvo inexplicable, y en el polvo huellas de bichos. Algo que me había sorprendido gratamente, al principio, fue esa desaparición repentina de los insectos, ese éxodo fugaz y permanente. No se veía mosquitos por ninguna parte, las cucarachas no invadían la cocina a pesar del festín que habrían encontrado allí preparado, y las arañas no tejían sus telas en las alturas (lo cual, dicho sea de paso, le quitaba algo a la visión sombría del edificio). Era un fenómeno difícil de entender, pero no nos molestaba demasiado. Nos habíamos acostumbrado. La visión de un escarabajo habría provocado en mí infinita sorpresa, y esperaba que eso no ocurriera pronto.
Cuando llegué al final del pasillo tuve que volver. En el segundo piso los corredores eran tres, y estaban comunicados en el medio por un pasaje ancho de menor longitud. Las escaleras estaban en la esquina del primer pasillo, yo estaba en la esquina contraria del tercero, junto a un amplio ventanal que había admirado en los viejos tiempos. Sólo lo habíamos cubierto con tablas hasta la mitad, pero era como si un pesado cortinaje impidiera que la luz se filtrara desde el exterior. La vegetación se agolpaba fundiéndose y formando un manto monótono y espeso, inmóvil, tan compacto que habría resultado imposible abrir la ventana entre cinco hombres. Ver la ciudad que habíamos recorrido con disgusto en esos días húmedos de calor hacia el trabajo, el instituto o la casa nos era imposible. Y en parte, era mejor.
Sin más que hacer, di la vuelta y caminé de regreso. Las puertas abiertas eran como ojos que me miraban desesperados, así que evitaba levantar la vista del suelo. Arrastraba los pies por el polvo para hacer ruido, mientras una melodía sin nombre sonaba en mi cabeza y yo la silbaba lo mejor que podía. Estaba casi feliz. Entonces, un chirrido agudo me sobresaltó. El movimiento involuntario de mi cuerpo me hizo sentir vergüenza en cuando me di cuenta de que se debía al oriental, que había cerrado una puerta y me miraba como yo lo miraba a él. Había estado cerrando con cuidado cada una de las puertas que yo había abierto en mi vagabundeo. Era raro, el oriental, y tenía un nombre impronunciable. Nunca pude descubrir si era de China, de Corea o de Japón, así que lo llamaba "oriental" cuando la ocasión lo exigía, y eso bastaba. Él no hablaba mucho, y cuando lo hacía le salía mal. Había llegado al país dos días antes de que sonara la alarma, había estado perdido y había aparecido en el instituto unas semanas atrás, con la ropa arañada y los cabellos en desorden. No había contado lo que sucedía afuera, pero sufría pesadillas en las noches, así que cada uno imaginó lo peor y encontró más motivos para no salir del instituto. Era hosco y taciturno. Y últimamente, deliraba incluso cuando estaba despierto.
Dado que tanto lo molestaban las puertas, fui cerrándolas mientras caminaba hacia las escaleras. Él se mantenía lejos y no decía nada, sólo revisaba bien que las puertas estuvieran cerradas, con una atención que me molestó. Revisaba incluso las puertas que yo atrancaba, y eso hacía que se retrasara, con cual yo me quedaba parado esperando a que él estuviera lo suficientemente cerca antes de continuar la tarea absurda. Inútil decir lo ridículas que me resultaban mi actuación y la suya, pero continué haciendo lo mismo, en uno y otro y otro pasillo hasta que las puertas estuvieron cerradas, todas menos una, y el oriental me miró con ansiedad. Era la del baño de hombres; su angustia no me resultó sorprendente. Se acercó a mí pero muy poco, yo tomé el pomo y pensé en cerrar con un golpe seco, de una vez y basta, pero él quería que mirara y yo también, por alguna razón yo también. Así que miré, y no vi nada, me acerqué, y no vi nada, y entonces vi. Había una flor, una flor roja de tallo grueso y flexible, de pétalos carnosos; una flor increíble, parecida a una amapola. La vi, y luego vi mi cara demacrada en el espejo. Abajo no había espejos. El oriental se acercó, quedó al lado mío, su cara, la mía y la flor en el cristal que nadie había limpiado. Pasé mi mano para retirar el polvo y lo sentí frío como todos los espejos. Un teléfono sonó a lo lejos. Insistió varias veces, pero no hice caso. Los teléfonos ya habían dejado de funcionar. Sonaba, sin embargo. No me sorprendió ver a la flor trepar por la porcelana. Viendo nuestras caras comprendí, entendí que estaba perdido y que pronto acabaría por volverme loco. El oriental, ese rasgado que me miraba en el espejo entre ojeras, él había traído la enfermedad. Corrí hacia la puerta y la cerré, la atranqué pero no lo suficiente, y del otro lado lo oí gritar por sobre el ruido del teléfono y de la vegetación creciendo debajo de la puerta, por las paredes, cubriendo de rojo el yeso y las baldosas, levantando polvo en su avance. Bajé corriendo las escaleras, saltando escalones, tratando de alcanzar la puerta de salida aunque ya sabía que era completamente inútil. Mis miembros se agarrotaron, caí pesadamente y alrededor sólo hubo flores, flores alrededor de mi cuerpo y la vista fija, fija para siempre en el techo blanco del instituto donde una tela invisible temblaba por el movimiento de una araña perezosa.

02 Muy importante

Dino volvió a subir las escaleras. Tenía que encontrar a Saura, donde fuera que ella estuviera, y los datos eran vagos. Llegó al noveno piso. Vacío. La garita del oficial, oscura, de techo descascarado por la humedad, gritaba la noche de sábado. Ella tampoco sabía dónde estaba Saura, ni conocía su rostro. No, repetía en su mutismo, hasta ahora nunca había oído hablar de ella. Pero Dino seguía buscando, como un insecto trepando las escaleras hacia la miel.
Recorrió el noveno piso. Detrás de las puertas cerradas estaban las oficinas, herméticas, frías. Detrás de alguna puerta lloraba un bebé y sonaban los chistidos. El llanto del bebé crecía y cubría todo el pasillo, interminable, de pronto bajaba y subía, y bajaba y subía y era una línea ondulada que terminaba de pronto, detrás de alguna puerta.
Dino no se atrevía a golpear.
El segundo pasillo del noveno piso era igual. Había un olor a mandarinas impregnado en la alfombra y las puertas, que se colaba en los dedos para no salir, tiñéndolos de anaranjado. Se escapaba por el ventanal al final del pasillo. Al final. Se abrió una puerta y salió una mujer con la media corrida.
- Disculpe...
La mujer le clavó los ojos pétreos sin pestañear. Todavía era joven, algo bella.
- No debería estar acá.
- Busco a Saura, Inés Saura.
- No la conozco. Le tengo que pedir que se retire; aquí no pueden pasar los visitantes. Pregunte en la garita del oficial.
La garita del oficial seguía vacía, y ni lo despidió al subir al décimo piso.
Desde detrás de un recoveco llegaban voces. Tampoco había oficial –era sábado, al fin y al cabo-, así que fue a inspeccionar por su cuenta. Eran tres voces, tomando café al lado de una máquina.
- ¿Qué quiere, hombre? – preguntó una al verlo llegar, con medio bigote mojado de leche.
- Busco a Saura.
- Saura... Creo que se fue temprano, hoy. Pero pregunte en el octavo piso, quizás está en la Secretaría.
Miró a las otras dos figuras, que permanecían indiferentes, como solicitando una segunda opinión. Pero no la hubo.
El octavo piso no difería mucho de los anteriores. Ya había estado ahí antes. La Secretaría seguía cerrada: el cartel indicaba “Sábados, de 8 a 16”. Golpeó y esperó. Y volvió a golpear. En un momento creyó oír ruidos de roce de ropa, pero no abrió nadie. No se atrevió a intentar abrir la puerta, aunque parecía destrabada. No supo qué hacer, y se quedó parado fijo mirando la madera. Entonces escuchó claramente un golpe. Se apoyó y esperó con la oreja pegada a la puerta, y trataba de no respirar demasiado para no tapar con sus ruidos lo que pasaba ahí adentro. Las rodillas le dolieron y se sentó en el suelo, escuchando. Algo se movía. Pero fueron pocos minutos, y después ya no se oyó nada.
Un rostro espigado cruzó el pasillo y lo miró interrogativamente.
Dino se paró de un salto, se apresuró a explicarlo todo.
- Busco a Saura.
- La Secretaría está cerrada; vuelva el lunes – modularon los labios finos y puntiagudos. El señor lo miró, taconeó con el pie derecho. Dino entendió. El señor siguió caminando.
Bajó por las escaleras de incendio. Hacía frío. Ocho pisos más abajo sonaban las bocinas de los autos con calefacción. Pero en la escalera, todavía tan cerca de los techos, se oía silencio. Era muy importante ver a Saura, por alguna razón; no bastaba con encontrar el teléfono.
Abajo, el eterno oficial de las noches y los días lo saludó con una inclinación de cabeza al pasar. Dino asintió ligeramente con los ojos. Después tropezó con la alfombra, abrió la puerta de vidrio y salió por el huequito entre las chapas. Y afuera hacía frío, así que se tapó hasta la nariz con la campera.