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23 Lances

Un detalle mínimo, como todo eso que cuenta. Él deja caer la mano, el brazo se balancea, los dedos buscan: sienten el suelo duro, frío, y escapan antes de encontrar el barro, suben por las patas del asiento, bucean en el aire, en una ceguera táctil casi dolorosa.
Tres décimas de segundo, diez, hasta que siente y entonces sube; también bucea ciegamente, pero en su último balanceo sabe que va a encontrar: a mitad de camino ya no necesita seguir. La otra mano también bucea: las dos se encuentran y sin darse cuenta se relajan los músculos y las dos descienden en caída libre, entrelazadas.
Alguien sorbe el café, en un asiento cercano. Una nariz se sube los lentes y otea por la ventana. Ríe una niña, alguien revisa la cartera y saca una billetera. La pareja permanece sentada: él en el asiento cercano al de ella, que ya cansada, trata de mantener los ojos abiertos. Los dedos susurran por lo bajo.

23 Todo fluye (nota sentimental)

Martín la amó bajo el quejido de un ventilador de hotel, un río azotado por el viento que regaló su piel e izó las aguas; Martín tocó su cuerpo inasible de piel sudada, se sumergió en el vino y bebió de sus mejillas, olió su selva de flora salvaje y la perdió. Martín se ató en las sábanas blancas secadas al sol de una lámpara habitada por mosquitas. Ella le susurró las cosas más bellas al oído; él sólo dijo
shhh

Perdoname no poder compensarte con palabras
habría aceptado cualquier cosa en el silencio absurdo del pensamiento y cualquier designio
- te lo dije y fue inexacto, pero ya no volvería a afirmarlo.
Deberías echarme la culpa,
prohibirme la imaginación, el cansancio, la curiosidad,
así no tendría que leer tu mirada desde la lejanía
a la que yo no puedo querer, porque no quiero querer a nadie.
Tu mirada escribe lindo, modula suave, y deja caer los párpados cuando besa.

¿qué podrías responder?

Martín la amó despacio, suave, embriagado de un vino rojo que, dicen, dice mentiras de espuma de mar; ella le echó los brazos al cuello y lo acarició en puntas de pie, y besó su oreja con la misma espuma.
Fue efímero.
No puede ser mentira eso que se ensortija en tu cuerpo y se ancla en el pelo y tus ojos, lo que te acaricia mar adentro, susurró todo en el cuarto. Un pliegue de sábana líquida, un rastro de pies en la loza, un roce del terciopelo, el techo verde, las luces calladas, la puerta.


23 Inmersión

El martillo cayó pesado y Daniel casi pudo verlo manchado de sangre. Pero después Nina volvió a bajarlo, una y otra vez, y el estallido sonoro nunca era más que eso, ruido. Al rato Nina terminó de colgarle el cuadrito y bajó de la escalera. Nina era demasiado baja, a Daniel sólo le llevaba la cabeza y muchos años. Estaba contento porque dentro de poco la iba a pasar. Nina decía que no importaba la altura, porque él tenía que pasarla en lo que respectaba al conocimiento. "La altura no hace al hombre", le decía. Pero Daniel no le creía, porque por algo usaba tacos.
Daniel no era el hijo de Nina, pero ella lo cuidaba porque su mamá trabajaba. Nina era Su Nina, como decía él cuando le preguntaban, o una niñera, como le decía mamá. Lo llevaba a la escuela, al parque y a lo de su abuela, Rosa. Le ataba la corbata, cosa que él nunca había aprendido a hacer, y a veces le compraba golosinas. Por esto último, Daniel la quería. Sabía bien que mamá le había dicho que no le comprara, porque mamá era mala, y que Nina no le hiciera caso era la mejor razón que se le ocurría para darle un beso.
El cuadro había quedado algo torcido. Nina lo arregló; Daniel miraba desde abajo. La escalera era chica, si se cerraba se caía. A Daniel ya no le gustaba mucho el cuadro pero no dijo nada; había insistido para que le dejaran colocarlo en la pieza. Era demasiado violeta. Al final, todo quedó derecho, y la escalera se cerró cuando Nina la plegó bajo la cama. Era tarde, y mamá llegó con uvas. Estaba lloviendo en Castelar; es linda, tan linda la lluvia. Daniel quería salir a mojarse, sin paraguas ni botas, pero ahogó las uvas en el agua y luego las sintió explotar dulcemente líquidas en la boca, apenas carnosas, sólo un corazón duro de semilla entre los dientes. Nina iba a poder mojarse, porque se había olvidado el paraguas y no había querido el negro grande que había en casa. Nina tenía suerte.
Un rayo incineró el cielo demasiado tarde en la ventana, después hubo un trueno, luego otro. El cuadro estaba mudo enfrente de la cama, como el cielo raso y el pasillo y las tejas. A veces una gota fuerte repiqueteaba contra el rojo y se ahogaba lentamente en la noche. Nina tenía techo de chapa en su casa, y le había contado del sonido de la chapa que hace ruido como tambores, que arrulla, y Daniel se durmió sintiendo un clamor como de gotas blandas estrellándose en la alfombra, un martillo ahogado, un trueno palpitando en Castelar bajo las aguas.

23 Malena

Una sucesión de manchas en un lienzo infinito, redondo. Supongo que pasaron las épocas en las que nos queríamos decir mil cosas, la época de metafísicas y desesperadas búsquedas de sentido. Los buscamos, no los encontramos, y no dimos cuenta de que buscarlos ya no era sentido, de que ya no lo necesitábamos.
...hablo por dos, por cincuenta, pero todavía espero, a veces, que me contradigas. Hasta ahora siempre estuviste un paso delante, como volviendo, y no me sorprendiste en modo alguno. Creo que yo te sorprendo más, desde el pasado que tratás de recuperar infructuosamente, aunque siempre sea demasiado joven a pesar de estos años que pasan.
Todo se fue al carajo y nos acostumbramos, porque todo siempre fue un carajo. Y sin embargo boqueamos pasado por los ojos, como un pez arrancado demasiado pronto del agua. Pero estoy siendo injusta, y hoy en día no está permitido que los sentimientos sean injustos, la normalización viene de adentro en un chaleco de fuerzas sentimental. Todo debe ser mesurado en esta desmesura cotidiana, todo relativo.
Me gustaría creer que no me extrañás como yo te extraño a vos, porque así podría borrarte definitivamente y mirar a otro lado, y reconstruir de nuevo un mundo placentero donde todo me dé motivos para escribir y nada haya de tedioso, inenarrable en nosotros.

23 Me and Julio down by the Schoolyard




Le cambió las cenizas al gato, abrió el vidrio para que entrara aire, peinó su bigotito y se encerró a la cocina para preparar la cena: polenta chirla con queso derretido. Llevó la olla a la mesa, dos vasos de los de plástico, jugo de manzana y un platito con un tomate partido en rodajas, condimentado con sal y orégano. Se sentó frente a su madre, la mujer de los pliegos en la piel, y comieron en silencio, aunque de vez en cuando se escapaban sonidos derivados del complicado mecanismo de tragar, o ella le comentaba alguna nimiedad relacionada con el mundo que pasaba detrás del vidrio de la ventana. Después de eso, levantó los platos, los lavó y los dejó secándose, pasó por la sala donde su madre acariciaba al gato con mano cansada, le dio un beso y se encerró en su cuarto.

Empieza de nuevo. Es una eterna repetición, siempre la misma canción, siempre el mismo fragmento. Le gusta la canción pero está cansado de escucharla. Es tan alegre o... no alegre, no, no es el término. Refrescante. Hay un cartel de coca-cola en la esquina. Refrescante. A Sergio le encantaba la coca-cola. Sergio venía siempre y traía coca-cola. La tomaba todo el día y era el muchacho más flaco del mundo. No, no exageremos, del pueblo. Era ingenioso, además: sabía encontrar el rasgo distintivo de cada uno de sus amigos y parodiarlo maravillosamente. Era el que inventaba seudónimos molestos para los chicos en la escuela. Gabi lo odiaba por eso, así que para vengarse le decía flaco escopeta, sin darse cuenta de que a él no le molestaba. Gabi, cachetes de silicona, la niña Pérez. Yo creo que a Sergio le gustaba Gabi, pero nunca pude enterarme porque no éramos demasiado amigos, y después se mudó y no supimos más de él. El año anterior a su partida fue de lejos el mejor de mi vida. Sí, seguro que Sergio quería a Gabi. Bueno, todos querían a Gabi, igual. Era una de esas personas asquerosamente -irremediablemente- adorables. Como los gatos cuando son chicos y tiernos. Como las nenas malcriadas de tres años. Como Violeta, también, aunque Violeta era más simpática que querible, pura vitalidad y rodillas nudosas. Siempre rompía los pantalones, Violeta; se llevaba dos o tres cuando nos acompañaba a Córdoba de vacaciones y volvía a casa con todos ellos gastados. Claudia no sabía qué hacer con ella, siempre tenía que comprarle ropa. Y encima, esas rodillas, esas patitas de pollo, largas y finísimas. Qué aparato que era Violeta. Casi como yo.

La silla mira desde el rincón donde él la deja después de acostar a la mujer monumental. Es una silla odiosa, de esas cuya presencia resulta intolerable pero imprescindible. La mujer no se pudo separar de ella desde el día en que la adquirió, y no podría cambiarla. Imprescindible: qué palabra aterradora. Todos piensan eso al mirarla, pero sin darse cuenta; podría decirse que no lo piensan: lo sienten. La mujer lo ve en sus miradas y la silla la siente temblar apenas imperceptiblemente al enfrentarlos, al desafiar esa incomodidad que camufla al miedo, la lástima, la desaprobación, el asco. Y todo eso contenido en algún rictus casi inapreciable, porque las manos que empujan la silla siempre son suaves, acariciadoras. Sólo a veces, cuando el que la toca es un chico, son juguetonas, y sólo con algunos chicos. Pero en el fondo todos la detestan, la odian más como la causa que como la consecuencia. Como si una silla pudiera tener la culpa de algo. Sí, la silla siente en las manos el rencor, hasta en los dedos de la mujer, aunque uno pensaría que después de tantos años debería haberse acostumbrado. A veces, también la culpa. Como ahora, en las manos trémulas que la arreglan un poco y empujan más en el rincón con un débil temblequeo, que la corren y la miman un poco, apenas lo indispensable.

Mamá estaba en la pieza, y me llamó para que le llevara al señor Pitufo a la cama. El señor Pitufo es el gato. Por alguna razón, a mamá le gusta ponerle nombres ridículos a sus mascotas, como esas mujeres de las películas yanquis. Lo hace desde hace años, desde cuando yo tenía 7 y Gabi era chiquita. Entonces teníamos peces y perros, además de un gato, y todos con nombres ridículos. Algunos eran aceptables, pero a veces eran demasiado risibles. Adoptó un perro callejero y le puso Patán. Con el canario amarillo, cometió el típico error de llamarlo Piolín. Y a nuestro caniche le puso Pompón. Ahora que lo pienso, siempre le gustaron los nombres empezados con "p". Yo me llamo Pablo... Gabi fue la única excepción.

El señor Pitufo era un gato arisco, que sólo toleraba a su madre. Lo rasguñó antes de dejarse alzar. En el camino fue apagando las luces. Acomodó el almohadón de la silla, le alcanzó el gato a su madre y se inclinó para darle un beso. Esta vez ella no trató de incorporarse. Se la veía cansada; acariciaba al gato con una mano indolente manchada por el tiempo, aceitosa por las cremas que aún usaba en un rapto de coquetería femenina y que la lámpara iluminaba en un juego poco favorecedor de luces y sombras. Él tenía ganas de hablar, al menos por un ratito, pero no sabía bien por dónde empezar. Últimamente no hablaban mucho.
- Este gato es un peligro –dijo, mostrándole la mano lastimada.
Norma movió la cabeza y le acarició la mano, pero no dijo nada. Él le dio otro beso, salió del cuarto sin cerrar la puerta y caminó por el pasillo a oscuras. Conocía el camino de memoria, pero de cualquier modo no prescindió de los crípticos tanteos de ciego a lo largo del recorrido. Era uno de esos departamentos grandes, alargados. Había un pasillo extenso, con puertas a los costados y un patio diminuto al final. Cuando eran chicos, jugar ahí era una delicia, aún cuando su madre les pedía que no corrieran, que recordaran el precio de los jarrones, que papá trabajaba mucho como para que ellos se dedicaran a romper las cosas. Pero estaba bueno jugar a las escondidas ahí, el piedra libre y correr, a veces invitar a algún otro amigo, a Sergio, a Violeta. Y también, sólo muy de vez en cuando, jugar a la pelota hasta romper algo, y escuchar el temido “vengan acá, los dos”.

Los escucho alejarse. Arrastran los pies, como antes, cuando se cortaban las luces y volvían a sus cuartos tratando de no tirar las cosas por el camino. Gabriela era más torpe que Pablito. Cuando iba al jardín perdió el dije de gatito que le había legado la bisabuela, y una vez, saltando sobre los sillones, rompió la madera y se fue al suelo. Tuvimos que salir corriendo al hospital, con la nena llorando en los brazos y la barbilla toda ensangrentada; un desastre. Le decíamos la novia de Frankenstein por eso: siempre tenía alguna lastimadura, alguna cicatriz reciente. El doctor debía creer que éramos una familia de locos.

- Todo el mundo te decía "me encanta tu pelo", y te pedían un mechón. Vos tenías un rulo para cada uno: para tu padre, para mamá, para Violeta, para Mari, la vecina... Yo nunca te pedí nada... Nunca te pedí.
La pasa los dedos por el cabello, jugueteando; manos-arañas en el mar rubio y la voz hablando de la infancia compartida, voz fraudulenta, seca como la fuente en el patio. Le habla a la foto: Gabriela desapareció hace años. Pero sus dedos casi sienten su sedoso cabello. Como si las yemas de los dedos tuvieran memoria y se empeñaran en recordar.

- La puerta se cerró con estrépito. Mamá está durmiendo.
- No duerme, recién le di al gato.
- El señor Pelusa.
- Pitufo. Pelusa se murió hace dos años.
Deshizo la cama, y la revisó cuidadosamente.
- ¿Todavía te dan asco las cucarachas?
No había ninguna, aunque las sábanas no estaban demasiado limpias. Mañana iba a comprar jabón para lavar.
- Chau, Gabi.
Pero claro, ella no respondió.

23 ¿Excusas?


La cosa ya venía mal hace rato. Es decir, todo lo mal que pueden estar las cosas para uno en contraste con todo lo mal que suelen estar las cosas para los otros. Si no solía llevarle el apunte a lo mal que estaba todo para él era porque le daba un poco de vergüenza prestarse atención por demasiado tiempo. Se sentía muy egoísta de sólo pensarlo, y había cosas más importantes que andar pensando en lo mal que se sienten las cosas. Pero para qué negarlo, ese día las cosas simplemente se presentaron mal. Peor, incluso, de lo que habían estado antes. Y no eran sólo problemas económicos (aunque nunca faltaban), ni laborales, ni familiares. Algo se había estado incubando y sólo ahora se hacía sentir. Aún no alcanzaba a darse cuenta qué, pero le molestaba. Y estaba mal, aunque no pudiera definir cuánto, cómo, por qué.
No alcanzaba a definirlo ni quería hacerlo porque a pesar del sentimiento, en su vida todo marchaba bastante bien. Nina había quedado embarazada cuatro meses atrás y se querían, todavía conservaba el laburo y su madre seguía viviendo, postrada en la cama, pero viva. Algún día le iba a poder pagar la silla de ruedas y la rehabilitación; estaba trabajando más por ella y por el bebé; los dos estaban trabajando más. Nina era un gran apoyo, a pesar de que se enfadaba muy rápidamente y a veces no lograba comprenderlo. Lo quería, como lo quería el jefe que siempre lo trataba con indulgencia y le seguía renovando el contrato a pesar de que él no había terminado la secundaria.
Así que él no entendía por qué las cosas estaban mal. Tenía una buena vida: alquilaban un departamento que era chiquito pero barato, iba a ser papá, tenían ropa cómoda y algo para comer todas las noches, Boca le daba un alegrón algunos fines de semanas, y a veces podía ir a verlo ganar en la cancha...
Esa noche se tiró en el sillón frente a la tele. Estaban las chicas bailando con trapos de colores y luces por todos lados. Ella pasó hacia la cocina con un plato sucio. La panza empezaba a abultársele.
-Gorda, ¿vos sos feliz?
Se lo preguntó casi sin pensarlo. Ella lavaba el plato en al cocina.
- Estamos bien... El doctor dijo que el bebé está bien. Sí, Mario, creo que sí.
Se quedaron viendo la tele hasta las once. Entonces ella se fue a acostar -tenía los pies hinchados y estaba cansada- y él salió a comprar cigarrillos. No llevó plata porque el del kiosco le fiaba. El cielo estaba feo.
Mientras fumaba al lado de un vecino del edificio, un pibe que nunca hablaba mucho, se dijo que nada estaba mal. La cosa venía bien encaminada desde hacía rato. Las cosas habían mejorado desde el 2001 y parecía que iban a seguir bien. El bebé le iba a alegrar los días y todo eso. Había una brisa fresca, fumar en una noche así era agradable. Le cosquilleaban los dedos, ese algo seguía haciéndose sentir. Pero él no era un bicho como para hacerle caso a esas sensaciones. No, no era un bicho, era un hombre. Y todo estaba bien, aunque no lo sintiera así. Él lo sabía.