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22 Una paseo por la plaza

Un billete de cien, encima uno de veinte, encima uno de diez, y encima de todo, siete pesos en monedas. En un rincón, moneditas de cinco y diez centavos. Abajo, las voces de unos chicos festejando con cervezas. En la tele una de acción y en la cama sólo el hueco vacío del colchón viejo, y el peso de todo lo que hay que hacer antes de dormir. El peso de lo que hay que hacer... Se ató los zapatitos y salió de casa.
Bajaba despacio, y no se apuraba si el pibe flacucho del cuarto piso, ese que no conocía nadie y tenía cara de salame, bufaba detrás o trataba de adelantarla. Bajar las escaleras era dificultoso a su edad, pero el ascensor estaba averiado y ella vivía en el tercero. Eso resultaba especialmente molesto, sobre todo en casos como el de ahora, en los que descubría que resultaba conveniente subir a buscar un abrigo. Nunca revisaba la temperatura antes de salir de casa, y cuando de día había hecho calor y de noche bajaba la temperatura y llegaba la hora de salir, esto le ocasionaba problemas. Sin embargo, no volvió, enfrentó el frío inicial y caminó un poco. Las semillas peludas y livianas de los árboles de la cuadra volaban metiéndose en sus ojos; la espalda le dolía y caminaba algo encorvada. Vio a una pareja de chicos en una de las esquinas, y sin pensarlo mucho se les acercó.
El resto fue lo de siempre. Ya ni se fijaba en la postura, ni medía sus palabras. Salían solas; era lo usual. La apertura siempre era la misma: repetir con voz quebrada que le habían robado, que debía volver a casa, que tenía miedo. Sus moretones hacían el resto: la gente era demasiado fácil de embaucar. Algunos le preguntaban dónde vivía, como la pareja de ahora, y entonces respondía cualquier cosa: en Morón, en Merlo, en San Isidro. Le daban bastante plata: nunca se limitaban al precio de un pasaje. Y entonces, generalmente, la dejaban. Los chicos de hoy, en cambio, no; por alguna razón no tenían algo mejor que hacer. Le preguntaron de dónde venía, qué hacía, le ofrecieron acompañarla... Se contradijo y ellos parecieron no darse cuenta; al final, terminaron caminando junto a ella hasta el edificio. Desarticularon todos sus planes, y no pudo hacer nada al respecto; sólo procuró sacárselos rápido de encima. Después de dos o tres historias improvisadas lo consiguió, entonces tuvo que esperar diez minutos antes de volver a salir. Aprovechó para ir a buscar un abrigo.
El ruido de la llave, la noche, el aire fresco. La calle estaba desierta, lo cual era conveniente, pero ya quedaban pocos solitarios. Buscando pasó por la misma esquina de antes. Había una pareja de chicos, y unos metros más allá unos jóvenes que compraban en un kiosco. Los jóvenes serían: tenían plata, estaban un poco borrachos. Trató de apresurar el paso, y entonces, los gritos: la pareja gritaba felicitándola, le decía que su táctica había sido sublime, que esto, que lo otro. Los chicos ya salían del kiosco e iban a darse cuenta; no sabía que hacer. La pareja siguió haciendo barullo, llamándola. Mirarlos sería como admitir la derrota, pero al fin y al cabo, era una vieja. Enderezándose y acomodándose la chalina, los miro, se acomodó los anteojos y respondió con voz aguda: "Chicos, ¿yo a ustedes los conozco?"
Se mataron de risa, pero los muchachos de kiosco todavía no estaban muy lejos. Los zapatitos sonaron al golpear contra el suelo cuando se les acercó y le contó que recién le habían robado, que tenía miedo, que si por favor podían hacer algo para ayudarla.

22 El copión

Es una esponja. Absorber las cosas así como hace él debe ser malo. Yo sé que no puede evitarlo, me he dado cuenta en todos estos años de amistad. Desde que lo conocí en el jardín a los cinco años hasta el día de hoy en que, ya viejos, esperamos a la muerte, esa particularidad suya ha generado muchas discusiones, aunque él se empeñe en negarlo. Es que no es fácil compartir tus gustos y disgustos con una esponja, porque es casi inevitable que los absorba y los pase a considerar su propiedad. Decir que siempre fui paciente, y los lazos tiran más que cualquier defecto. Además, le debo el que nunca me haya reprochado mi violencia de joven cascarrabias.
Pero sí, es difícil. La primera vez que me di cuenta de su condición fue una semana después de iniciar nuestra amistad con esa frase que ahora suena tan absurda: “Hola, ¿querés ser mi amigo?” Era una frase cursi y femenina, pero nos sirvió para entrar en confianza. Entusiasmado, le conté sobre el dibujito que estaba de moda y sobre el Chavo del ocho. Él callaba. Una semana después, llegó al jardín con una remera que ostentaba sin pudor la cara de mi personaje favorito. Debo admitir que esa aparente semejanza de gustos me hizo muy feliz, y el chico se convirtió en mi mejor amigo. Durante años no sospeché nada, y lentamente él fue absorbiéndome sin que yo me diera cuenta.
Nuestra primera pelea fue a los quince años. Todos se sorprendieron porque para ese entonces ya éramos como carne y uña. La razón de nuestro pleito fue, cómo no, una mujer. Una jovencita hermosa llamada Estela. A mí me gustaba mucho, pero ella nunca me llevó el apunte. Su actitud desdeñosa no me importaba, porque mi padre ya me había contado sobre los histeriqueos femeninos. Pero cuando me enteré de la doble traición... Saber que tu mejor amigo y el objeto de tu querer te han traicionado no es fácil. Me llevó una semana poder perdonarlo, la semana que duró ese romance insostenible. La chica no volvió a entrometerse con nuestra amistad (para ese entonces, mi amor por ella ya se había enfriado), pero en su lugar se instaló la sospecha. Por qué, me peguntaba, por qué la había elegido a ella, si sabía que me gustaba. Con el paso del tiempo me daría cuenta de que no sólo absorbía mi gusto por mujeres específicas, sino también por otras cosas. Y fue entonces cuando empecé a llamarlo Esponja.
Algo que me exasperaba especialmente de Esponja era que encima de copiar mis gustos, siempre terminaba superándome. Yo le hablaba sobre algún intérprete, y cuatro días después él conocía toda su discografía y su historia. Yo le comentaba mi gusto por cierta película y tiempo después él tenía forjada una sólida opinión, en la que hasta incluía el comentario de los críticos. Con el tiempo eso fue desgastando la relación; poco a poco me fui alejando. Seguimos la misma carrera, pero no pasó mucho tiempo antes de que me abandonara por un amigo mejor. Callado como era cuando estaba junto a él, Esponja no podía absorber nada y se sentía obligado a hablar y a ser original. Eso lo molestaba, y como lo sabía, yo seguía callado a propósito. Cuando consiguió a alguien nuevo y se pegó a él como una sanguijuela, pude respirar tranquilo y decidí marcharme. Armé las maletas y partí a Europa. Las últimas noticias que recibí de él durante mi estadía en Paris fueron que se había casado con la prometida de un conocido, que su hija tenía el mismo nombre que mi mamá, que su carrera era promisoria y que era muy respetado por todos. Es que sus gustos y opiniones eran intachables. Lo que nadie sabía era que no eran sus opiniones, sino convicciones que había absorbido impunemente. Es fácil ser correcto y exitoso, así.
Hace cinco años regresé a Argentina, luego de que muriera mi esposa. Camila, mi hija, se quedó viviendo en el primer mundo. Lamento no haber logrado que apreciara las maravillas de mi país. Y dos días atrás me crucé con él, Esponja. El tiempo lo dejó calvo y panzón, y estaba raro, viejo, con un juntadero de baba en la comisura de los labios. En fin, está cambiado, pero es entendible: en todo este tiempo que no nos vimos conoció a muchas personas y absorbió un montón. Él me dijo que me notaba distinto. Que estoy más tranquilo y menos a la defensiva.. “Es lo que hacen los hijos”, le dije. Nos quedamos rápido sin tema de conversación, a pesar de todos estos años de alejamiento. Yo tamborileaba los dedos y miraba las otras mesas para no verlo a él: una parejita intercambiando manitas por aquí, una vieja con sus amiguetas por allá, un nene atragantándose con la milanesa. Al rato descubrí que me estaba copiando. Dos minutos después de que yo dejara de golpetear la mesa comenzó a hacerlo él. No pude soportarlo y me despedí. Se nota que las costumbres juveniles se agravan con la edad. Esponja ya ni siquiera absorbe usanzas ajenas con sutileza.

22 Una carta cursi

Le dijo "¿Me enviás un mail, Martín, uno que sea para mí, como una postal en el correo con una foto del Obelisco y algo que escribiste pensando en mí, nada más?" Y no supo qué escribir. Es difícil escribir por y para otro, preguntándose si le va a gustar, o no. Así que decidió dar vueltas y contar una historia. Tomó la lapicera y escribió.

Cuando terminó... Cuando terminó, qué difícil, apreciar las sutilezas que hay en terminar. Terminó y se preparó un café. Había estado toda la noche despierto, escribiendo; no podía dormir. Era cansador estar en la cama, el ventilador al lado, no ventilando nada, la vista fija en el techo de madera lleno de estrellas fosforescentes, estrellas de cuando era chico y quería ser astronauta. Así que se había hecho una infusión, y luego un café, y luego mate, y había escrito, escrito, escrito. Escrito para alguien, escrito para él, escrito para la nieve del otro día en Buenos Aires, quizás. Tenía las manos congeladas, pero no usaba guantes, un poco por capricho y otro poco por comodidad: era difícil sostener la birome con guantes, los guantes no estaban hechos para escritores, no, no. Igual, le gustaban las manos frías, los pies fríos, le hacían pensar en una mañana de invierno, en sábanas y frazadas blancuzcas, en un café humeante y recibir un beso en la cama y tomar el desayuno mirando el mar borrándose en el horizonte, o el cielo pincelado, en su defecto. Apartó las ensoñaciones; era temprano, no iba a dormir, tenía que ocuparse de los "tengo que". Había llovido ayer, y el cemento seguía húmedo, el cielo nuboso, los árboles desnudos. Un globo rojo volaba allá a lo lejos, lo persiguió con la mirada hasta que se perdió detrás de la carpa.
Era malabarista, era payaso, era mimo profesional; el circo, extrañamente, estaba apostado en la ciudad desde hacía años. Trabajaba ahí, no hace mucha falta aclararlo. La ciudad era famosa por su circo: siempre había caras nuevas, siempre risas nuevas, siempre estridentes bufidos de muchachos aburridos, siempre sonrisas en ojos, manos serias, lamparones, siempre manchones de gente que no paraba de moverse, y en el medio, él, él y los otros payasos, los otros malabaristas, las bailarinas, los actores con antifaz. Entrenaban duro desde temprano, y a la noche, la gran función, donde buscaba lo que ya creía inencontrable. Los ojos que lo rodeaban eran líquidos, brillantes, de un cristal extrañamente opaco donde nada se reflejaba verdaderamente. Antes, cuando había llovido pocas veces y el rojo en la lona era más rojo, el púrpura más púrpura y el bronce más broncíneo, antes se sentía en cada una de las miradas, en cada una de las risas, en cada aplauso entusiasmado, y quizás por eso no importaba, tenía ese algo. Antes, eso era antes. Un día había cambiado, y cuando se dio cuenta sólo eran cristales empolvados aplaudiendo todas las noches las mismas muecas, no pudiendo reconocer las variaciones que se esforzaba por lograr. Había llovido, desde entonces, el rojo era naranja, el púrpura un raro morado, el bronce, musgo, él, un tipo cansado que pasaba las noches en vela, combinando palabras, sobreviviendo a cigarrillo y café. Lunes, martes, jueves, octubre, diciembre, 2006, 2007, 2010, eterna danza de reflejos y clavas, orquesta y titiriteros, gimnastas, sombreros, poesía, clamor, poesía. Porque de repente, la mirada sorprendida, reflejante, las manos calmas y finas, Malena, el silencio distantemente cercano, y el camino a la noche con los charcos tachonados de estrellas, dos, dos, cuatro, dos, el clamor de una guitarra, pintura, sólo pintura y poesía.

22 De naderías

Estos encuentros después de tanto tiempo no salen. Simplemente no salen. Hay demasiadas cosas en medio, demasiada resistencia como para que el plan pueda ser acto. Surgen cosas en el camino: problemas, el olvido, el hastío. A veces la gente no quiere verte sólo porque les recordás una época que no fue mejor.
- ¡Ey, negro!
Ahí está, llega tarde, como siempre. A la gente no le importa que uno espere media hora, como un boludo.
Me da una palmada húmeda en la espalda.
- Qué hacés, flaco – le digo, y hay tan poco de pregunta en esto -. Te esperé media hora.
- Sí, ya sé, disculpame. Pero vos sabés, el tren es jodido. Yo esperé media hora ensanguchado entre Ramos y Haedo.
Típico, es de ilusos esperar que algo público ande bien. Pareciera una mentira eso de que invierten fondos. Y nosotros, los boludos...
- ¿Viste que renunció Lostó? – ¿Losteau se dice Lostó? Él sabrá. – Qué desastre, che.
La conversación se encausa sola. La realidad social es un excelente puntapié inicial, después se pasa a los grandes asuntos. Nada demasiado importante, igual. ¿Qué pueden contarse dos personas que no se ven hace tanto? Anécdotas del pasado compartido, tímidas notas del presente, nada más. Y eso se hace fácil, con pizza y birra de por medio.
- Che, ¿te acordás – ahí está, la nostalgia -, cuando éramos pibes, ese día en que estábamos en la casa de Aida, con ese tío tuyo?
- No, qué sé yo. Fue hace mucho.
- No, pero si fue re importante. Fue la primera vez que nos peleamos, ¿no te acordás?
No, no me acuerdo. Con Iván nos peleábamos mucho, éramos los peores amigos. Si fue por una pelea (estúpida, cómo no), fue por una estúpida pelea que nos dejamos de ver. Pero no le digo, a ver.
- A ver, ¿cuál?
- Uf, qué mala memoria, viejo. Fue por una boludez... una hormiga. ¿Te acordás ahora?
- ¿Una hormiga?
- Uf, sí. No sé. Andábamos en ese garaje de tu abuela. Te acordás de eso, ¿no?
Ni asiento: por supuesto que me acuerdo. El patio de la abuela era (es, supongo, aunque la casa ya no sea de la familia) largo, muy largo y estrecho: al fondo el portón del garaje que siempre estaba lleno de porquerías, más adelante el embaldosado sucio de agujas de pino, si seguíamos por él, pegados a la pared rasposa que formaba como montículos, de pronto la reja de color verde, ideal para escalar. Más allá, la huella de los autos, el pasto, el cactus que murió hace diez años, la calle y el resto del mundo, inexplorado, con sus iglesias y escuelas y kioscos. Al costado, el pino, el mismo embaldosado sucio, el pozo ciego y la librería de la abuela, que me regalaba bolitas que me volvían loco, pero perdía debajo de los muebles al instante.
- Estábamos con tu tío, el adoptado, y no sé de qué nos hablaba pero de repente se tenía que ir. Ah, pará, estábamos con tu tío que nos hablaba de una hormiga que nos encontró mirando. Nos contó una historia tonta sobre la hormiga y cuando se tuvo que ir nos dijo que no la tocáramos. ¿Te acordás?
- No.
- ¿No te acordás? Bueno, la cosa es que nos dijo que si uno tocaba la hormiga el otro le avisara cuando volviera. Onda, que si yo tocaba la hormiga vos le dijeras, y al revés.
- ¿Y?
- Y que apenas se fue tocamos la hormiga. Pero no me acuerdo quién la tocó primero, si vos o yo. Yo creo que fuiste vos, y te dije que tu tío nos dijo que no la tocáramos pero como ya la habías tocado vos yo también la quise tocar. Así que la tocamos los dos. Y eso que no era la primera hormiga que veíamos. Y cuando volvió tu tío vos me buchoneaste y yo te vendí a vos, lo típico, “no, pero yo no la toqué, él la tocó primero”. Pero tu tío no nos dijo nada, claro. Qué nos podía decir, si era un pendejo. Pensar que parecía tan grande. ¿Te acordás ahora?
No me acuerdo, pero si habláramos de esto dentro de dos meses, me acordaría de la anécdota como si hubiera ocurrido ayer. Ahora me veo como en un recuerdo falso, como en una película, desde atrás. “Tío, Iván tocó la hormiga. Yo le dije pero la tocó, tío”. Y la cara del tío, de benévolo desinterés. El tío que ahora está en la República Bolivariana de Venezuela y manda cadenas que exaltan a Chávez cada dos por tres.
- Sí, algo me acuerdo – le digo, para acabar con la cosa -. Pero muy poco.
Termino mi porción de pizza y tomo del vaso. Iván está pensando en algo. En la mesa de al lado hay una pareja con un carrito de bebé. El pibe duerme, la pareja come. El pibe tiene una cara de satisfacción y picardía... De película, labios curvados hacia arriba, cachetes sonrosados. Es flaquito. De repente sonríe con placer, mueve los brazos y relaja la cara poco a poco. Qué despreocupación envidiable. La pareja ya no come: me mira mal y fijo. Qué paranoia, che.
- ¿Qué te pasó en todos estos años?
Ahora también Iván me mira fijo, con los párpados medio caídos.
- Y, qué sé yo. Lo de siempre: trabajo, bancarse las deudas, cenas con los muchachos, alguna amiga... No hay mucho que contar.
- Sí, ¿pero y después de que nos embroncamos esa vez?
- Me fui a casa, qué iba a hacer. La vieja había comprado facturas y las comimos con Martita. No pasó gran cosa, ¿qué iba a pasar?
- No sé, yo estaba re mal. Ahora no me molesta porque es como una boludez del pasado, pero ese día estaba furioso. Casi voy a hacer quilombo a tu casa. Decí que vivías con tus viejos y que me caían bien. Mejor, porque de qué hubiera servido, igual.
- Y sí. ¿Para qué hablar de esto? Fue hace mucho.
Iván coincide, y después de eso no queda mucho más por decir, ni pizza ni bebida por consumir. Así que “mozo, mozo”, y la cuenta la pago yo porque le debía esa, y qué inflación che. Nos separamos en la misma esquina que antes porque de ahí cada uno se va para su lado. Y entonces Iván me da un abrazo que dura muy poco, y que en realidad tendría que haber durado menos. Yo le doy dos palmadas, fuerte, porque Iván nunca da abrazos.
- Cuidate, negro.
De ahí se va, y yo también. No hay mucha gente, apenas un flaco de lentes que fuma en la entrada un edificio, una mujer que camina apresurada. La calle está casi vacía y mal iluminada, porque basta con abandonar el centro de cualquier ciudad para que las luces escaseen. Apenas llovizna ya. Iván estuvo raro: no me habló por años y de pronto me invita a comer y me da un abrazo. Remordimientos, serán. ¿Serán? La gente tiene cada chifle... Se ofenden enormemente por dos palabras, lloran, se alejan y vuelven tratando de pretender que nada pasó. Pero se traicionan a la mitad del camino y terminan volviendo al punto de quiebre, y quebrando las cosas. Y ambos saben desde antes que eso va a pasar. De qué más se puede hablar después de trece años. Y como las cosas no cambian tanto...
Igual, ¿qué se puede decir de una bronca de hace tanto tiempo? Y más si de repente cortaste toda conversación, por una tontería semejante, por una asunto de tan poca plata. Que por tan poca plata se pueda pelear alguien, por una deuda tan tonta. Es estúpido. Por cuarenta pesos afanados por un ladrón no te veo más. Pero no, lo de la plata era una excusa. Ya nos habíamos cansado de vernos las caras, por ahí. Empieza con una sensación de molestia, por el enfado ante ciertos hábitos, y estalla ante cualquier cosa. Por eso al final uno se acostumbra rápido. Quién sabe, quizás la cosa comenzó con una hormiga y terminó en la bicicleta y los cuarenta pesos robados por el ladrón. Y con Iván gritándome porque el chorro era mi vecino, que era mi culpa y la guita la necesitaba, y la retahíla de etcéteras. Todo por lo que me salió la pizza de hoy. Así que, ¿de qué pueden hablar dos tipos después de una idiotez tan firme, con tanto peso como esa? No, si esos caros encuentros después de tanto tiempo no tienen sentido alguno.

22 Las insólitas aventuras de Pablo Costa

Hola, pibe. Así que volviste. A que no sabés para qué. ¿Qué buscás? ¿Entretenimiento? La vida es una mierda, y acá no vas a encontrar diversión, ya te lo dije, se te va a congelar el culo sentado en el piso allá afuera. No, ya no tengo cartas; no me quedan hojas. No, no quiero que me compres. No, el dinero se gasta pibe: decile a tu hermano que no pague. No. No tengo mucho que contarte, fijate que ya te aburrís y no te dije nada. No, no hay mucho que contar sobre mí, te dije mil veces eso. Mi vida es como la de Pablo Costa pero menos colorida, sin un sólido pedestal de memorias sobre el que sostenerse. Sí, Costa el vecino. Sí, conozco algo de esa historia, ¿no entendés que acá se escucha todo? Nah. Mejor contame primero qué hay de nuevo en el mundo. ¿Nada hoy, nada? Al final la cosa no cambia tanto. Y bueno, ya que querés... Pero es la última vez, esta. Me hago viejo y tengo cosas que hacer, mil cosas, y vos también estás grande. Te voy a pasar lo que me queda de guita, confío en vos. Administrala como quieras, sólo te pido que me pagués el agua, o que le digas a tu hermano. Sí, pero esta es la última vez. Después no vuelvas más.
Y bueno, Costa... Costa era un personaje, ¿sabés? Un tipo bueno, como todos nosotros, que se mandó las mismas cagadas que uno hace sólo de vez en cuando, por timidez. Robó en una tienda de souvenirs, allá en Córdoba, cuando era pibe. Cada tanto se colaba gratis en los colectivos repletos de gente. A veces tiraba papeles de golosina al suelo. Nunca amó lo suficiente a ninguna mujer, si eso es importante. En fin, se había domesticado. Ya conoces la historia, o si no mirá a cualquier tipo de mediana edad en el tren, puteando al pasar al suicida que retrasa la tarde, con nostalgia en los ojos, con ojeras del cansancio que no cura la almohada y la espalda apaleada por el día. Ese era nuestro Costa, probablemente otros; ese podría haber sido yo. Pero a Costa... a Costa lo mataba la ansiedad de algo indefinible, pibe. Igual no sorprende, pero en él todo eso tomó un rumbo que yo habría reprimido sin pensarlo mucho, si hubiera estado en su lugar. Por eso te lo cuento. Aunque te aviso que no te va a servir de nada, porque esta no es una historia con moraleja, porque es algo real, que le pasó a alguien de carne y hueso, y esas historias no tienen moraleja, ni siquiera tienen final. Son tan complejas que casi da vergüenza contarlas del modo en que lo voy a hacer. Pero nadie más conoce a Costa como lo conocí yo, que fue poco. El tipo era silencioso y solitario, aburrido. A veces le contaba algo a alguno de esos amigos que lo visitaban, pero nunca del todo, siempre se terminaba callando. Él tampoco creía tener mucho que decir.
Costa vivía con su madre, como sabés, aunque no sé si llegaste a conocerla. Trabajaba durante el día, cocinaba para la vieja durante la noche, miraba tele y dormía. Habría seguido así hasta el funeral de Norma de no ser por la ansiedad. Uno podría decir que la verdadera historia de Costa empezó el día en que entró por trigésima vez al supermercadito chino o coreano o lo que sea de mitad de cuadra y escuchó el diálogo ese ininteligible de los patrones. Era de tarde, ya, un lunes, un principio de semana. La chica que atendía era de acá del barrio pero no del edificio; pasaba los artículos con desgano sobre la lectora de código de barras como si fuera un robot. Siempre era el mismo “pip, pip” de la máquina. Detrás, la pareja de chinos discutía en ese idioma ininteligible. Costa los miró. Eran iguales a todos los chinos que conocía. Los chinos lo miraban pensando lo mismo. A veces lo señalaban, pero no se dirigían a él. No era la primera vez que pasaba. Costa no entendía las palabras chillonas, ¿sabés?, ese “charlar por la espalda”, en un “a escondidas” evidente. Se sentía implicado, aunque sin motivos. Como si dijeran algo de él, sobre él. Lo inquietaban. La chica terminó con los artículos y le dijo el total. Masticaba chicle. Costa le pagó. Los chinos lo veían. Costa les pagó y se fue, y la pareja siguió discutiendo.
Digamos que eso ocurrió un cuatro de abril. Recién en octubre Costa se decidió a estudiar chino. Quería saber qué decían, tan seguros en el escondrijo de su lengua. A partir de entonces la cosas se precipitaron, pero su vida siguió igual: trabajando de día, estudiando de noche, durmiendo. Le preparaba la comida a Norma los domingos, y dejaba que ella la calentara en el microondas nuevo durante la semana. Se sentía bien, casi contento: estudiaba cuando podía, en todo momento, con esa voracidad que nunca había dedicado a ninguna mina, ni siquiera a sí mismo. Era un curso acelerado, pero estudió durante cinco años, cinco años redondos, hasta que se sintió seguro de poder entender esa lengua que antes le había parecido vertiginosa. Entonces volvió al supermercadito de mitad de cuadra con la llave del departamento abultando en el bolsillo. La tarde comenzaba a ser engullida por la noche, pero las luces de la calle todavía no habían sido prendidas. La ansiedad le pesaba en la garganta, en las luces de neón del supermercado y las baldosas sucias del suelo. Las góndolas. La sección de carnicería. La de lácteos. La caja. Otra chica, una pibita, pasando los artículos con desgano. Los chinos que habían empezado a discutir, detrás. Todo seguía igual, pero las palabras eran penetrables, pibe, y Costa sonrió cuando entendió lo que decían. Lo miraban, pero nada tenía que ver con él. Nada tenía que ver con nadie, nada tenía la más mínima importancia. Costa sonrió entre el “pip, pip” de la máquina registradora y sintió que las palabras acudían solas a su boca, que se estrellaban contra los dientes y se abrían paso a borbotones, en un murmullo entrecortado que había empezado mal y terminó peor, que fue ininteligible como todo en los comienzos. “Los entiendo”, articuló con esa voz de voyeur ansioso por ser descubierto, ¿viste?, con un tono así pero que decreció hasta ser un mascullo. Costa los entendía, pero ellos no a él. La ansiedad era un nudo en la garganta, y el error inicial le parecía irremediable. Le ardían las orejas. Los chinos lo miraban de reojo, sin alterar la expresión de siempre, de indiferencia atenta. La chica terminaba de cobrar.
Costa volvió a casa temprano, cuando las luces recién encendidas comenzaban a bañar las calles con el amarillo viejo y escaso. Le preparó la cena a su madre, lavó los platos y se fue a dormir. Y nunca más volvió a hablar con los chinos. Los escuchaba en sus discusiones inútiles, en sus peleas matrimoniales, en sus críticas insulsas que daban por descontada la ignorancia de los oídos en los alrededores. Cuando era necesario, se comunicaba en español, y los escuchaba en su enredo de erres y eles. Y así siguió la vida para Costa, incluso después de que murió su madre y ya no tuvo para quién trabajar de día o cocinar de noche.
Era un tipo taciturno, Pablo Costa, y silencioso. Sus historias se apagaban en sus labios y te dejaba esa sensación de vacío y hambre y bronca, se morían tal como se acallan las palabras sin sentido, como enmudece hoy cualquiera que no sea medianamente vanidoso. Porque esta vida es una mierda, pibe, porque te hace darte cuenta que ya no sabes qué, con quién o para qué contar. Y entonces te callás, claro, y en el silencio final sólo le preguntás al otro: ¿cómo es que todavía no te fuiste de acá?