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18 Sobre el camino a casa bajo el sol en ojotas y la noche de verano

Hay una calle vacía. Gris tiza, que se pierde en una perspectiva cortada abruptamente por la autopista, a lo lejos. Los negocios están cerrados por el feriado, y el aire pesado gravita sobre la gomería, las lámparas callejeras que agonizan inútilmente, los bancos de cemento caliente por el sol. Las cabezas callan resguardadas bajo sombras raquíticas de árboles sedientos, y la tristeza viene envasada en frasquitos de cuarto de litro exhibidos en los quioscos de tele y partido. El pueblo sueña, estancado en un verano de perro viejo, tendido en la calle, jadeando.

Tu helado se derrite. Un hilo húmedo y rosado moja el cucurucho, el papel, tu muñeca. Tu boca le sigue el rastro, pero se entretiene en el sabor dulce del limón y la cereza, mientras que el hilo húmedo aventaja y termina de recorrer tu brazo ripioso. Llega a tu codo. Cae. Se estrella contra el piso sin ruido. Perece bajo el calor, se estremece, se seca sobre una baldosa amarilla como el sol, que camina por tu nuca con esa lentitud, indulgente, certera.

Pasan rostros, son rostros de mar. Pasan cuellos lacustres, manos de riachuelo, piernas fluviales. Tus ojotas son negras, viejas, finitas, y crujen cuando caminás con ruido de charco. La autopista es sombra pasajera, el puesto de preparación para el encandilamiento del zambullirse nuevamente en el calor de pelo largo y fondos oscuros, de ojos ausentes en el ventilador que gira bajo un techo nocturno.

Un ruido metálico de llaves, una cuadra antes, y llegás a ningún lugar. No hay rejas. El picaporte suda cuando lo tocás suavemente, la puerta chirría como con un escalofrío inaudito, y la atmósfera dentro huele a lluvia mentirosa, a ficus, a agua con colorante. Si un amigo te pasó Eduardo Mateo, entonces el reproductor dice uh, qué macana, y en la cocina hay mate pero no calentarías agua en la pava, y en el comedor hay tele pero no romperías el silencio. Y si escuchás un tamborileo son dedos sobre un libro abandonado, y si ves un fogón agonizante es el cenicero sobre la mesa, y la arena es el polvo que se posa sobre el todo desde que entra por la ventana entornada.

Sí, un ruido. Está saltando sobre un cuenco de agua que dejó abandonado recién una señora en un balcón. Sí, ajetreo. Es el suyo un movimiento nervioso, que se excita por las previsiones de lo improbable, y no se queda quieto. Sí, salta. Ante el gesto de tu cara detrás de la ventana, por el viento que sopla, tenue, por sus propias plumas mojándose con el agua. El sol entra dibujando escalones por entre las rendijas de la cortina, y hace de cebra tu cara, y cubre el balcón de dorado. Y se vuela.

Hay una calle vacía. Gris humo, que se muere en soledad con el floreo de una voz que dice no pertenecer a nadie y huye de alguna ventana que jadea de calor, de olvido, de ayer. Un oído, en la sombra; se escucha el tañido del sol en el horizonte. El verano es una gata que se frota en tus piernas y se va dejando un camino de pelos, y si tus dedos empapan tu frente de agua es inútil, y si el ventilador gira es como si una gota cayera desde un codo, única, como lluvia de verano. La noche calla, vela, suspendida en sábana abandonada, en la felicidad que es un aperitivo nocturno, la soledad como reflejo ausente, como espejo y humedad bajo una luz blanca, y el tiempo como un reloj líquido, de pintura corrida, sudada, presente.

18 Un nombre sin tiempo

La borrachera del insomnio engendra visiones de grandeza en las que simplemente cree poder vencer las necesidades corporales y permanecer despierta 24, 36, 48 horas sin descansar los ojos y ceder lugar a sueños absurdos de asombrosa simpleza. Cuando la gente abre los labios sólo escucha música, un piano ansioso y una guitarra retraída, y si termina la mañana, Malena lee a Sartre en el colectivo descubriendo que lo habría disfrutado más algunos años antes, cuando todavía no había dado tantas vueltas, o que lo disfrutará más en el futuro, cuando pueda dar aún más vueltas. El bamboleo y el cielo gris adormecen, no puede enfocar la vista, pero no protesta: es dulce el cansancio que acuna en la tarde de invierno en la que apenan dan las seis y ya la luz es tan poca y el olor tan fresco. Ya no está en el colectivo, camina apresurada hacia casa. Caen gotas, ligeros los pasos. Entonces, un trueno y el sobresalto, el vuelo de un pájaro que chilla, el olor que presagia tormenta, la tierra negra, la escena despojada, tan común y vacía. El camino es un camino, la casa, una casa, todo eso fragmentos de una escenografía, extraña como la costumbre. Es el vuelo de un pájaro, el chirrido de la reja al deslizarse, el calor del buzo, la pesadez de los ojos... la sensación de estar dormida, de vivir deslizándose por algo que no acaba de resultar familiar sin poder despertar, como un actor que no logra interpretar bien el papel escogido, pero que no puede -no quiere- renunciar a su rol. Y sin embargo, ¿qué importa el papel, el sentido, las ideas si en ese momento en que vuela el pájaro se da cuenta de que está soñando, y aminora la marcha para dejar de escuchar sus pasos y sentir el sonido de las gotas que todavía no caen, para asir el momento que se escapa, para abandonarse a la pura sensación por un segundo? Es el no-despertar del soñador que sabe estar soñando. Cuando alcance el refugio libre de gotas, entonces abrirá los ojos. Pero el momento posterior al trueno en el que se sacude el embotamiento de los sentidos es, quizás, ese momento fecundo antes de despertar y abandonarse a los pequeños placeres cotidianizados; es, quizás, el verdadero despertar en un segundo: el mirar el abismo, el tocar el absurdo, el no esperar, el no pretender, el construir todos los sueños del mundo.

18 Oye Alejandra

Un vecino tiene la costumbre de poner ópera y cosas cantadas en italiano a todo volumen, siempre a las cuatro y media de la tarde, cuando no está lloviendo. Dan ganas de matarlo, porque es la hora de la siesta, pero tiene tanta cara de viejo bueno que nadie le dice nada y él se sale con la suya. Además, le agrega un "algo" al ambiente, un aire a ciudad distinta a Buenos Aires. Claro que un poco la culpa de eso también la tiene nuestro barrio, con sus arbolitos escuálidos, las casas chorizo, las rejas de hierro verde y las pocas sillas que todavía resisten en las puertas a pesar de que ya pocos se sientan a tomar mate afuera por las tardes. Sí, nuestro barrio es común, pero también tiene un algo, algunos detalles curiosos, una mezcla de peculiaridades. Como ese bar que es casi una pulpería a dos cuadras del lugar donde yo vivo, la calle de las macetas o los rosales de la mujer de la casa más grande, y por qué no, mi vecino con su nostalgia de tano viejo y expatriado.
La cosa es que hoy llegué tarde a casa y escuché la voz desde lejos, la nota sostenida, la culminación repentina y el nuevo inicio. No ocurrió nada mágico, porque la música, a pesar de todo, no tiene la capacidad de transformar las cosas, pero sí coincidió justo con un altercado que debe ser común en los barrios, pero al que no siempre llego a asistir con semejante música de fondo. Era la dueña del almacén, que peleaba a los gritos con Estela, la de las rosas que yo corto a escondidas cuando puedo, porque tienen un olor riquísimo. Estela bajaba las escaleras aferrando su bolsita como si alguno de los curiosos fuéramos a robarle algo, nos veía y le gritaba cosas muy ciertas entre improperios a Pola, la almacenera, la mayoría de ellas relacionadas con los precios de los productos y su calidad. Pola, a su vez, le llamaba "zorrita" y afirmaba que ella no era ninguna tarada. No nos costó mucho darnos cuenta de que Pola era una cornuda, y muchos se rieron por lo bajo a causa de ello: creo que la mayoría creía que se lo tenía merecido, que alguna vez tenía que pagar y a lo grande, por chismosa y metepúa, que todo se sabía bien en el barrio. Pero también estábamos los que esperábamos a que nos atendieran, mitad entretenidos por las dos mujeres y mitad fastidiados por el tiempo que demoraban en acabar con el escándalo de una vez por todas. Entre tanto, la voz seguía, un poco burlona y un poco exageradamente preocupada. Terminó y empezó algo más ligero: Estela se había enojado con un calificativo de Pola y la aferraba de los pelos: le zarandeaba la cabeza, se pisaban de taco aguja y chinelas, alguien sacaba las uñas pero trastabillaba, una pierna enredaba a la otra, una torre se inclinaba peligrosamente y la gente se movía haciendo espacio al “ah” ahogado, agudo en la música, un pequeño círculo, un revoltijo de ropa, una media agujereada, unos chicos sosteniéndose la panza y zás, una mano peluda, grande, zás, dos minas separadas de repente, furiosas, que se enojaron con él y guay que casi lo arañan... en fin, ya saben como son las cosas. Había empezado una ópera llena de excusas y lamentaciones, de risas irónicas: el Cacho era un payaso que gesticulaba, la gente se entretenía, comíamos maní que alguien había afanado en la trifulca, esperábamos. Era entretenido, un solo sostenido interminablemente con la mano en el pecho, faltaba un “mi vida”, un “pero vení a acá bobita que te quiero”, el marido inclinándose ligero y ella reticente –¿y la otra? ¡pintada!, como aprobaban las vecinas-, era todo suave y susurrante, el preludio de un final feliz como debía ser, pero Pola olió algo en el aire y se rompió la atmósfera, olisqueó, me vio a los ojos, se olvidó de Estela y rígida como un palo de escoba patizambo, se rayó el disco y se paró. El marido se retorcía las manos y nos miraba; Estela no lo pudo soportar. De pronto fue el silencio, Pola me miraba y a mí sólo se me ocurrió ocultar las manos detrás de la espalda, a ver si encima después me quería cobrar de más, con lo caras que están las cosas. Y duró un segundo pero el viejo no puso otro disco y parecieron despertarse todos; Pola se avivó y enfiló derecho, el marido farfullando atrás mientas ella gritaba uno o dos insultos más antes de volver a la guarida. A Estela no le quedó otra más que irse ofendida, muy digna, eso sí, alisándose la camisa; y la turba se disolvió rápidamente. Pola no la miró, era como una gallina emperifollada evitando más picoteo. Pero tardó en despacharnos; es un almacén de barrio, siempre tardan: se puso a comentar las cosas y demoraba, y el Cacho, como pintado, pero por una vez atendía sin decir palabra, porque si no, no se acababa más el asunto. Yo estaba casi al final, todavía con las manos llenas de sal, y si no me colé fue porque quería esperar a ver si se olvidaba, porque había salido con el cambio justo, pero por suerte me atendió él, y me fui de esa cueva oscura que es el almacén con las dos bolsas chiquitas sin demasiada alharaca. Dos chicos comían mandarinas sentados al lado de la entrada de la tienda. Tenían unos pantaloncitos gastados y manchados de tierra en los que se limpiaban las manos pegajosas. El aire olía a mandarina y rosas: yo corté una del jardín de Estela aprovechando que ella se había encerrado en su casa. El sol ya coqueteaba con los rojos del atardecer, y casi pude oír a la voz subir de nuevo, paulatina, en un último tema grandioso, para languidecer con mis últimos pasos en medio de una agitación triunfal. El día acabó unas horas después, pero las notas siguieron flotando un ratito: se apagaron lentamente entre las figuritas de los chicos y los jilgueros de los vecinos, con el regreso a casa de algunas sombras y el murmullo de la tele y las lámparas que iluminan las calles.


18 The cons of hitchhiking


Justificar a ambos ladosBuenos Aires, 12 de septiembre de 1941

Mi querida amiga,

Acabo de recibir su carta y me ha alegrado mucho, creí que demoraría mucho más en responder. Me apena que se encuentre enferma, pero a la vez, ¡estoy tan feliz de recibir noticias suyas! Hace una semana me pasó algo perturbador y necesito hablarlo con alguien como usted, aunque ya me siento más tranquila. Usted es mi mejor amiga. ¿No me despreciará si le cuento una tontería de mi parte?
Usted sabe que Ciudad Momo es uno de esos pueblitos de los que quedan pocos, uno de esos a donde ni siquiera llega el ferrocarril. Hemos progresado tanto que ese aislamiento me da algo de vergüenza; a veces desearía vivir donde usted, tan cerca de los teatros, pero yo vivo aquí, así es mi ciudad, y no hay nada que hacerle. Sólo un colectivo pasa por aquí, por la ruta que constituye el límite este de la ciudad. Se detiene en dos paradas, antes de marchar para el Centro: yo lo tomo en la segunda parada, no la de la entrada de la ciudad, sino la que está entre el semáforo y el puente, que queda a un par de cuadras de mi casa.
Aunque tarda en pasar y tengo que caminar bastante para llegar a la parada -incluso tengo que cruzar la ruta, que a esas horas de la mañana es una trampa para despistados-, nunca me quejé del colectivo. Los asientos son mullidos, nuevitos, y viaja poca gente: tan temprano a la mañana, el viaje es un placer. Pero hoy, cuando volvía, el transporte, Ciudad Momo, la naturaleza y mi fortuna se conjuraron en mi contra. Mi pueblito, con su especial planificación urbana, el colectivo con fileteados, el olor a tierra de estos lugares ajenos al asfalto... Nunca podría volver a adorarlos seriamente.
Volvía del Centro, antes del atardecer; venía cansada y me quedé dormida. Usted sabe que caminar por allá es cansador: tanta gente, tanto movimiento... Estaba agotada. Desperté justo antes de llegar a mi parada, y tengo que reconocer que yo tendría que haber avisado antes, pero a él no le costaba tanto parar. La cuestión en que me dejó después del puente, en medio de la nada, cerca de una iglesia rara y gigantesca que permanece custodiada día y noche. Afortunadamente, aún no anochecía, pero por ahí no pasan transportes, y yo estaba muy lejos de casa, bajo la lluvia y rodeada de barro. Deseaba desesperar, pero usted sabe que por suerte siempre fui una persona razonable y sensata. No quedaba más que caminar, así que tras un bufido o dos comencé a buscar lugar donde posar los pies sin embarrar mis zapatos nuevos, tarea por lo demás imposible, pero en esos momentos fue lo mejor que se me ocurrió hacer. Llevaba media hora caminando cuando me percaté de que todavía estaba muy lejos de casa y el sol comenzaba a ocultarse. Mis caballos estaban húmedos, mi vestido y mis zapatos, completamente arruinados. Y entonces pasó un auto. Y paró.
¿Sabe? Siempre desconfié de la gente aparentemente caritativa, y recordaba bien lo que podía pasarle a una mujer sola en un auto ajeno, pero aún así, subí: casa estaba todavía lejos y Emilio no ve bien que yo llegue después de él, mucho menos si es tarde y la comida no está hecha. Conducía un señor de unos cincuenta años, con traje y zapatos de charol. El auto era realmente admirable. Me sentí intimidada desde el momento en que descubrí que entre él y yo había tan poco espacio. Mojada, tiritando, me arrinconé contra la puerta lo más que pude y respondí a las pocas preguntas que hizo. Luego, ambos callamos.
Sé lo que está pensando, y temo que me considere una desvergonzada y por eso pierda su amistad. Pero por favor, compréndame, sea mi amiga y no me desprecie. Estaba agotada, y caminar al lado de la ruta, de noche, en un día de lluvia, no habría sido una mejor opción. Estaba aterida de frío, preocupada... Tenía miedo. Y ya en el auto, me sentía anonadada por todo: la lluvia que arreciaba, mi lamentable estado, el auto -nunca había visto uno tan bonito, pero apenada como estaba, apenas presté atención a las formas, al cuero, a la graciosa velocidad con que me llevaba-, el mero hecho de haber aceptado la propuesta. Me temblaba el cuerpo de temor. Me sentía como un animal arrinconado; evité mirarlo a la cara todo el viaje. Ahora me doy cuenta de que mi actitud debió resultar muy ridícula, pero en ese momento sólo deseaba bajarme. Mis zapatos gotearon su alfombrilla un tiempo que me pareció interminable. Al final, llegamos a unas pocas cuadras de casa. Yo, aferrada a la manija en la puerta, casi grité cuando él se inclinó hacia mí. ¿Estaría tan preocupada una mala mujer? ¿Entiende que los rumores que corren ahora por mi pueblito no tienen fundamento en la realidad? ¡Si hasta huí, olvidé mis modales cuando lo vi acercarse! Ni siquiera recordé agradecer.
Ahora, Marta, las vecinas murmuran a mi paso. Un muchacho flaco de enfrente con el que no hablé nunca me mira fijo detrás de sus lentes. Y anteayer Cacho, el almacenero, osó comentar algo con doble sentido y guiñarme el ojo. ¡Estoy tan sola, mi amiga! Emilio se violentó cuando escuchó los rumores: una noche, creí que me golpearía hasta matarme. Nadie confía en mi honestidad. Y si hubiera rechazado la invitación de ese a quien tanto defenestro -descubrí que, en realidad, se inclinó para alcanzarme un monedero que ya no recuperaré, un monederito tejido cuya ausencia recién descubrí en casa-, si no hubiera subido a ese auto, de cualquier modo mi virtud sería cuestionada. Largas son las lenguas de calumnia en los pueblos chicos, como Ciudad Momo. ¡Y todo por dormir en el colectivo!
Querida amiga, espero que su salud mejore. Esperaré ansiosamente su próxima carta. Con afecto,

María Norma

18 López


I
Le tenía miedo a los espacios en blanco, a cualquier espacio escribible que permaneciera impoluto. Por eso había comenzado por eliminar todos los papeles de su casa. Pero no había bastado, así que más tarde, y no sin algo de tristeza, había eliminado la computadora. No se dio el gusto de tirarla por la ventana tras tantos años de maltrato psicológico: prefirió regalársela a su primo, que se había mudado a un departamentucho y tenía un salario que apenas alcanzaba para pagar los gastos de los servicios y el alquiler. Eso tampoco había bastado. La heladera era blanca, las paredes también. Cuando las enfrentaba sentía sus ruegos, sus peticiones. Y no podía refugiar su mirada en el piso, que aunque era de madera, también resultaba escribible. Las almohadas, cubiertas de tela celeste, le reprochaban su dejadez cuando ocultaba la cabeza en ellas para no ver. Los lápices sobre el escritorio -un escritorio de fresno apenas dañado por una o dos gotas de tinta, un escritorio en blanco-, las lapiceras en la mochila, las brochas en el armario, todo le señalaba su falta y le recordaba su temor.

II
Había comenzado a salir de casa llevando a cuestas un bolso lleno de lapiceras y pinturas. Al principio se había limitado a dibujar rayas en las superficies que se cruzaban en su camino, luego había intentado con palabras. Nunca armaba frases. Los vecinos de la cuadra comenzaban a quejarse por el aspecto de las veredas, el asfalto y las otrora blanquísimas paredes. Algunos habían renunciado a dormir de noche para poder atrapar al vándalo que molestaba con sus travesuras. La mayoría había renunciado a pintar las paredes, o se había mudado.
Pero eso, todo eso tampoco había bastado. No había bastado con cubrir su cuerpo hasta el punto de no dejar un sólo espacio desconocedor de la tinta, no había resultado suficiente vender los libros, que tenían esos molestos márgenes blancos. A pesar de todo, las cosas seguían siendo escribibles. Las lapiceras se empeñaban en recordárselo.

III
Mirar por la ventana no era una buena forma de evadirse: aunque en la calle revoloteaban los autos y las cabezas de personas, incómodas y móviles, el cielo eternamente gris se semejaba al papel reciclado que hacía con su hermano. Un papel donde solían escribir tarjetas de navidad o de cumpleaños, y que a veces rompían en pedacitos para no ver que había quedado feo. El cielo, gris, el papel de su infancia...

IV
Al final, los vecinos consiguieron embellecer la ciudad. Limpiaron las paredes, pintaron las cercas y arreglaron los baches de las calles. La única casa que permaneció ajena a los cambios fue la de López, que un día había enterrado algo en el patio y cerrado las ventanas y desde entonces no las había vuelvo a abrir. Los vecinos llamaron a la policía después de que los insistentes golpes a la puerta no rindieran fruto; como la policía nunca se había presentado, entraron cinco fisgones. Entonces descubrieron que López, que tan serio parecía, había sido quien cometiera el vandalismo en la ciudad, pero no lo encontraron a él. La casa estaba oscura porque las ventanas no podían abrirse y las lámparas no tenían focos; la señora Estela y Lucho, el pibe de la casa de la esquina, fueron quienes regresaron a sus viviendas para buscar linternas. Mientras tanto, más gente se había instalado en el patio del señor López y pisaba sus pensamientos y sus jacintos: mujeres hermosas, flacos fumadores con lentes, nenes de rodillas nudosas, señores, viejas. La noticia de que la casa del vándalo era casi una obra de arte contemporáneo había corrido de boca en boca. Para cuando Lucho y Estela volvieron, ya había suficientes linternas y muchas personas dentro de la casa, así que tuvieron que quedarse esperando en el patio. Se había armado una cola de gente que esperaba su turno para poder entrar: algunos mandaban a sus hijos a buscar comida porque parecía que la espera iba a ser larga. Al final, pasaron, y a eso de las seis de la tarde todos se alejaron de la casa. Cada uno se había llevado algo, pero el que había tenido la idea había sido Lucho, que junto con sus dos hermanos se había apoderado de la heladera. Estaba algo asquerosa, porque López había pintado el interior con una mezcla de ketchup y mostaza, pero Lucho había asegurado que podía servir, y a partir de entonces nadie se había abstenido de recoger algo.

V
Los últimos en irse fueron Caro y los chicos de Claudia, un par de adolescentes que recordaron que el señor López había enterrado algo en el patio. Los demás se fueron porque dijeron que el bulto era muy chico como para ser un cadáver y que los objetos de valor ya habían sido retirados de la casa. Cuando escucharon esto, los hijos de Claudia quisieron irse también, pero se quedaron porque Caro les pidió que la ayudaran a cavar. Caro creía que había algo muy importante enterrado, y se llevó un chasco bien grande cuando sólo encontraron una bolsa llena de tizas, lápices, pinceles y lapiceras. Los hijos de Claudia la miraron mal y se fueron murmurando algo por lo bajo. Ella se quedó un rato ahí, con las manos llenas de tierra y el enfado escapando de sus mejillas, pero al final se levantó, recogió la pala y volvió a casa. Pero con la bolsa de plástico en una de las manos: le podía servir para dibujar.

18 En mi barrio

Hay un perro que ladra en el piso de abajo. No es afuera en el patio, porque no está, no se ve; aunque sin lentes, desde el cuarto piso no se ve nada. Mi edificio es una cosa blanca, rugosa, silenciosa como morgue pero cálida, quizás demasiado cálida. Algún día pensé en escribir una historia sobre mi edificio. No es que tenga algo particular para decir sobre él, bah, quizás tengo más para decir sobre él que sobre las personas que lo habitan, y mi idea era hablar de las personas.
Iba a haber una portera. La historia iba a empezar con una portera que hablaba con una vecina, y justo ahí, en la mitad del diálogo, iba a salir el personaje que a mí me interesaba, y después la portera iba a decir dos o tres palabras sobre él, no más. El cuento iba a seguir hablando de la portera, con el tono serio de las menudencias importantes, y después iba a haber un cuento sobre otro personaje, quizás el chabón del 3°11, que iba a ser un treintañero recientemente desocupado y separado que miraba cómo los rayos de sol se infiltraban por la ventana, u oía a las palomas ulular en el hueco de la ventilación rota. Ese iba a ser un personaje triste, un poco ridículo, pero no del todo, y también iba a conocer tangencialmente a la persona que a mí me interesaba, quizás porque la miraba por la ventana, o por la perilla de la puerta; quizás porque a veces la única forma de salir del hueco que constituía su “sí mismo” era mirar por la perilla de la puerta. Y después iba a haber otros tipos, otros cuentos; yo tenía toda la historia de mi aburrido edificio casi tejida alrededor de las multiplicidades, y de ese único personaje que me interesaba. El único, el único que no tenía cuento propio, que no tenía voz propia ni participación; el que tenía que pasar desapercibido para todos, el que no tenía que ser (sólo para mí). Él iba a morir bajo un tren (yo siempre temía un poco ser atropellado por un tren cuando cruzaba las vías para llegar a mi edificio; yo siempre tuve miedo de que se me cayera la barrera encima, hasta que empecé a viajar mucho en tren, hasta que cruzar vías fue algo usual, hasta que ya no me hice tiempo para tener miedos pueriles – y todos los miedos lo son); él se iba a suicidar bajo un tren, pero nunca íbamos a saber por qué; sólo íbamos a conocer la puteada del personaje de turno, que justo iba a llegar tarde al trabajo por el retraso, que iba a defenestrar a ese suicida como a los anteriores, sin saber, sin querer saber jamás qué le había pasado. Y nadie le iba a hacer una crucecita de maderas húmedas a mi personaje favorito al costado de las vías, nadie lo iba a lamentar demasiado, todos iban a ser perfectamente razonables: ¿por qué llorar a los muertos? Sí, es estúpido, están muertos, todos mueren, todos morimos, carpe diem, pues, basta de elegías. Pero el suicidio ignoto iba a dejar un gusto amargo.
De todos modos, al final no escribí el rejuntadero de relatos sobre mi edificio, y la idea se hizo vieja como mis ganas, así que ya no importa que lo cuente. Ahora escucho una llave que gira en una puerta. El perro ya no ladra. Está todo silencioso, como si la gente durmiera siesta; las puertas están cerradas como siempre, las ventanas no, no todas, pero sí vacías.
Mi edificio es una cosa de cemento y ladrillo, vidrio y cartón y tejas. Yo no lo escucho bullir, yo no escucho a nadie, apenas si a la ruta que vive del otro lado de la ventana en camiones que transportan reses, en camiones que transportan huesos, en autos que siempre huyen y picadas nocturnas. Supongo que somos buenos vecinos, encerrados en nuestros cuartos en el silencio doméstico, como locos voluntarios entre paredes aislantes, blancas, entre nuestros pensamientos, que se rarifican en la atmósfera renovada por ventiladores y aires acondicionados que enfrían el café. Sí, somos buenos, muy silenciosos vecinos.