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07 Octopus’s garden

Me achico. Empequeñezco agazapado bajo la brisa fresca, aplastado contra la superficie escrita y el vidrio. Siento cada movimiento del cuerpo gigante que lee el diario al lado mío; me arrincono para evitar el mínimo roce e intento permanecer así, diminuto, alerta como un bicho amedrentado, infantilmente heridos mis deseos imperialistas.
Su codo me amenaza: él tiene la desfachatez de relajarse y estirar las piernas, de obligarme a recluirme en un rincón. La tensión es insostenible, y que sí, que no (que no, cómo, que no), que sí, que sí. Así que lo hago: le pido, con otras palabras, que ocupe menos espacio, que si por favor se corre un poco, o al menos el brazo, ¿sabe?, gracias.
Apenas mueve su pierna, pero al diario lo cierra y el brazo reposa tranquilo sin invadir mi espacio. Mas sólo por dos minutos, los dos minutos que demora en aburrirse y abrir nuevamente el periódico, en relajar los tentáculos, en desparramarse insensiblemente y ocupar, nuevamente, todo el espacio: es un manojo de miembros atados con alambre a una cabeza, un ser perverso oculto detrás del diario, un charco de tinta esparciéndose sin cuidado ni respeto (¡qué fue de los valores!) en el espacio.

07 Crear polvo es una tarea de siglos

¡Advertencia!: No hay advertencias.

Cuando volví a pasar, la escultura de mierda seguía ahí. La comodidad de un colectivo en las mañanas de invierno es irremplazable. Cuando pasé hacía frío. No me detuve a mirar, porque ahí estaba: quince fragmentos, despedazados, amontonados religiosamente, con un orden pensado, en las cuatro esquinas de un mundo adorador de una bombita rota. Seguí por las vías y una calle sin hojas (los árboles todavía verdes), esperé hasta y diez en la parada, levanté un brazo, corrí un poco, me agaché para recoger las llaves y heme aquí, Malena arrinconada entre dos asientos de colectivo al lado de una ventana. Pero tuve tiempo para pensar, mientras esperaba con los lentes apuntando al horizonte de los mesías que anuncian nuestro viaje. En tanto reconstruía en mi cabeza ya no bombardeada por mp3 “Todo el amor que existe en esta vida” (el cuerpo entero hecho un huracán), y me decía que sería mejor un ritmo suave e inaprensible como el de la bossa, tuve tiempo para desenfocar apenas la vista y escuchar cómo la canción se transformaba en música de fondo de una entrecortada voz en off.
Pensaba en mierda; sobre todo, en el tabú que se hace de la mierda. Y en los distintos tipos de mierda que sufren un mismo destino común, que es el del rechazo. La mierda es mucha, se reproduce; hija de una circunstancia única pero de intestinos varios, la mierda es un abanico de variedades: heterogénea. Y la mierda, un único fragmento de azarosa mierda es, a lo largo de su vida, varias mierdas distintas. ¡Mierda! Mierdas hay miles, de características variadas. Más claras, más negras, más gruesas o flacas, flácidas o rocosas, con mayor o menor peso específico. Todas son mierdas, pero no hay dos mierdas iguales. Y, ¡mierda!, si una mierda pudiera ser igual a “sí misma” en algún momento de su vida... si una mierda pudiera ser la misma mierda para siempre... Pero es inexorable el tiempo, la vida: las mierdas cambian, y está hecho de pavor el momento. Desde que se ofrece al mundo tiene los segundos contados, no permanece: el llanto, el viento, el sol que quema la piel la desgastan; se seca, se vuelve inflexible, frágil, pierde los colores; marchita como una colilla de cigarrillo, ya no huele, se desgasta por el roce con el tiempo, se hace polvo en la tierra y se diluye, ya no hay mierda. Las mierdas mueren solas, despreciadas o minimizadas por el mundo, atropelladas por suelas prepotentes, subestimadas por estar viejas... Las mierdas nacen y mueren solas, eso sólo comparten. Y sin embargo, generalizamos. Un mundo de mierda, variedad rica ante los ojos y sin embargo, generalizamos. El tabú, el principio retrógrado. Es mierda, sí. Es arte.
Supuse eso detrás del tabique impotente de la parada, que no aislaba del frío, mientras pensaba en el artista nocturno maquinando la escultura que ya desaparece bajo la lámpara, entre las vías y un armatoste de metal, en el rincón más feo de los días de mi barrio, en la zona orillera de mi barrio, en mi barrio, al costado del mundo. Después vino un mesías y perdió su nombre: fue colectivo, lo tuve que correr, conseguí asiento. Y entonces escribí, escribí para no estudiar, escribí porque a la mierda, despreciada, debemos mucho; porque sin embargo la mierda, entre todos los tabúes, es el único del que faltan los panegíricos de una mirada hondamente preocupada, porque la mierda es lo que hay, de donde venimos y adonde vamos, polvo y mierda y polvo y...
Esto no es un panegírico, no es una vituperación: habla de la mierda como es la mierda. Y la mierda es esto: mierda. Eso es todo.

07 Odiseana

Mira, cómo no, por la ventana: la ventanita del colectivo, porque se está asfixiando. Después de cruzar la ruta sin morir en el camino y de esperar media hora el colectivo y de subir a la lata de sardinas sabiendo que va a llegar tarde, sólo le queda mirar por la ventana para imaginar que está del otro lado, que no hay una cartera clavada en su espalda, que la señora de labios rojísimos y cuerpo de muñeca de trapo e increíbles ojos saltones no está pisándole los pies, que el viejo en el asiento no se está quejando porque le empuja un poco el brazo con la rodilla, y qué querés que le haga, disculpame. Bajan tres, suben cinco, el rinconcito que encontró es un poco cómodo; entonces piensa que no, que no es Penélope, que aunque ahora la tejedora puede decidir renegar de la tela y zarpar en barco a buscar a Odiseo, no tiene verdadera prisa; se convence repitiéndose que el tipo está en Ogigia pasándola bastante bien a pesar de su nostalgia, que para el barco se necesitan monedas que no tiene, que aunque Ítaca no le ofrece mucho y ya se cansó del camino – todos los días cruzar la ruta, y salir con el dolor de cabeza para llegar tarde, seis días a la semana, tantos, tantos días al mes-, el mar no la tienta demasiado: Poseidón se enfurece fácilmente y nada le garantiza que Odiseo no la descubra vieja y fea – vieja y fea, qué superficial que sos, Penélope, pero mientras no se sepa... -, vieja y fea y pálida y precaria en comparación con la bella Calipso o el recuerdo de Circe, o con las palabras de esas sirenas, o quién sabe, ella misma cuando joven: los años no pasan sólo para Odiseo, que pena lejos de su tierra... Y no basta con que los dioses envíen mensajes inequívocos con tranquilizadoras palabras de Odiseo, no basta con tener la posibilidad de hacerse a la mar y tirar el pasado y el estancamiento en Ítaca por la borda... No es Penélope, se convence, ni siquiera una Penélope que decide no esperar y partir a buscar. Entonces consigue un asiento, dos paradas antes de llegar a destino. Se pierde en la ventana a pesar de que ya no hay tanta gente en el colectivo, el dolor de cabeza recrudece, llega y se olvida de todo, sólo importan las monedas que desaparecen rápido y subir rápido las escaleras porque es tarde, y llegar para darse cuenta de que quizás sí sería conveniente hacerse a la mar, pero no para remar a Ogigia, sino para descubrir los otros confines del mundo, y detenerse un poco en la isla de los lotófagos, quizás.

07 Huída de lluvia

Hoy, para llegar a destino, tuve que cruzar en bote la esquina, enfrentar a una jauría de hambrientos perros salvajes, saludar a unos compatriotas que viajaban a caballo para no embarrarse las botas -ellos dijeron "¡Mamma mía! Mijita, cómo están las cosas"- y asumir el reto de cruzar un riachuelo infestado de mañosos cocodrilos rodantes -especie carnicera y de hábitos solitarios que no teme embestir a sus semejantes si la ocasión lo amerita- para alcanzar a aquellos que siempre me esperan en el parador más desolado. Ya se habían ido, así que aguardé sola a que llegara mi último contrincante, el enemigo más fiel, ese cuya desaparición supondría una pérdida irremplazable.
Lo vi avanzar desde lejos, avasallando gotas de lluvia en su marcha maniática y abriéndose paso entre los cocodrilos sin miramientos. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando levanté mi brazo para hacer notar que yo estaba ahí, esperándolo como todos los días, y el pavor se apoderó de mi cuerpo cuando redujo el paso y se acercó chorreando espuma y agua sucia por sus flancos.
No me dio tiempo de pensarlo; antes de que pudiera cargar mi fusil, ya me había devorado.
Adentro, en sus entrañas, los encontré a ellos, los humanos más bárbaros en esta tierra, los adoradores de ídolos inmóviles e inalcanzables, los seres más deformes y desnaturalizados. Es imposible no ceder ante la influencia de ese incivilizado grupo humano, evitar que la postura se altere y la razón se desbarranque. Yo también caí, sin darme cuenta: mientras escribo con mano temblorosa estas últimas notas, observo con ojos febriles a mi alrededor: estoy en busca del asiento vacío.

07 Mario

Se despertó media hora después de lo debido, se vistió a las corridas, le dio un beso a la panza de su esposa dormida y salió de casa quince minutos más tarde de lo habitual. Cruzó corriendo la ruta, y casi al instante se subió al colectivo. Pidió boleto: cincuenta centavos más caro de lo usual.
Se sentó en uno de los asientos del medio, del lado del pasillo; luego, se corrió hacia la ventana. Viajaba hasta la terminal. Miró por la ventana: todavía estaba lejos.
Subió una mujer al colectivo; Mario miró su asiento y esperó. La mujer pasó de largo. Mario pensaba.
(Es difícil conseguir un buen acompañante en el colectivo. Algunos invaden tu espacio personal, otros se duermen en vos, otros huelen muy mal, otros molestan con el periódico, o se mueven mucho, o hablan por celular, en tu oído, o repasan apuntes en voz alta... Los más peligrosos son, probablemente, los que andan con ruidosos walkie-talkies. O, más abundantes, los que no emplean auriculares para escuchan música.)
Subió un viejo, corto de estatura, que observó el asiento vacío pero avanzó hasta el fondo. Una chica con la panza al aire y otro viejo hicieron lo mismo.
(Mejor), pensó Mario, y giró su cabeza hacia la ventana.
Antes de llegar a mitad del camino subió un tipo de horrible aspecto, con la cara manchada y criminal. Se sentó al lado, sin mirarlo, la vista siempre fija en un punto indeterminado, hacia delante. Mario lo miró: el tipo no hizo nada. Mario miró a todos en el colectivo. Un asiento delante, dos mujeres conversaban en voz alta, el resto de los pasajeros permanecía callado. Algún viajante devolvió la mirada; la mayoría, no. Pocas caras hablaban el lenguaje gestual. Dos o tres estaban decididamente dormidas, incluso con la boca abierta. El resto eran rostros de hombre enfrentado al fotógrafo para una foto 3x3, rostros de DNI y registros, credenciales para la facultad y células del MERCOSUR. Talantes nulos, inexpresivos, borrados con liquid-paper, caricaturas de goma que apenas insinuaban los rasgos característicos.
(A veces pienso que soy el único que mira a la gente. Lo mismo en la calle, en el subte...)
El tipo horrible se bajó en San Justo, donde subió mucha gente. El colectivo se llenó; una señora se sentó al lado de Mario y colocó su cartera de cuero negro entre ambos. Luego pareció titubear y pensarlo mejor, dudó un rato en silencio, se mordió un labio. Mario empezó a contar, uno dos tres cuatro cinco seis siete... La mujer se movió rápidamente sutil y apoyó una mano sobre el cierre de la cartera. Entonces, descansó. Viajaron así hasta el final: la mano sobre el cuero negro, Mario arrinconado contra el cristal, la vista definitivamente perdida. Menos en el momento en que subió un borracho que preguntó si el colectivo llegaba a Ituizangó. No llegaba; todos los pasajeros lo vieron trastabillar hasta los escalones y doblar la esquina. La señora de al lado se relajó y comentó algo al respecto. Mario no contestó. La mujer le vio la cara y la encontró fea.
Volvió a afianzar la posición de la mano sobre su bolsa.
Mientras, en el asiento de adelante, otra mujer, menos preocupada, contaba dinero. Otra se comía las uñas. El colectivero, casi oculto en su rincón, bostezó.
Fue instantáneo, imprevisto, de nada sirvió el desesperado volantazo. Las ruedas giraron en el aire; el colectivo osciló un segundo en el que los pasajeros no supieron gritar. Luego todo se inclinó y cayó, abajo, hacia las rocas. Otros autos aminoraron la marcha cerca del precipicio para mirar. Los pasajeros, dentro del colectivo, rostros de piedra y hueso, permanecieron en sus incómodas posiciones como si nada hubiera pasado, siguieron durmiendo aunque Mario dejó escapar un grito largo y otro más. No pudieron entender lo sucedido.

07

"... y les pegó una paliza...", dicho con una voluptuosidad, ¡no!, un placer vengativo bárbaro; en realidad no fue el guarda el que le pegó a la pareja de punguistas hasta que se le cansaron los brazos (los punguistas salieron al día siguiente y siguieron afanando, vendados), fue el tachero, el tachero que les sigue pegando en cada palabra, pero no lo confiesa, que quisiera poder pegarles hasta cansarse, pero no tiene uniforme, que acumula deseos de venganza y se desquita en la imaginación, se desquita proyectándose y viendo películas yanquis en donde los buenos ganan después de tirotear y golpear hasta sacar sangre como para llenar una piscina; el tachero quiere ser guarda pero está encerrado en el taxi, el tachero quiere ser héroe de película pero sólo le roban punguistas, el tachero conoce la fisonomía de cada una de las minas que roban en Retiro, te las describe con bronca y después te dice, con sadismo mal contenido, "les dio para que tengan, guarden y no se olviden".