18 En mi barrio

Hay un perro que ladra en el piso de abajo. No es afuera en el patio, porque no está, no se ve; aunque sin lentes, desde el cuarto piso no se ve nada. Mi edificio es una cosa blanca, rugosa, silenciosa como morgue pero cálida, quizás demasiado cálida. Algún día pensé en escribir una historia sobre mi edificio. No es que tenga algo particular para decir sobre él, bah, quizás tengo más para decir sobre él que sobre las personas que lo habitan, y mi idea era hablar de las personas.
Iba a haber una portera. La historia iba a empezar con una portera que hablaba con una vecina, y justo ahí, en la mitad del diálogo, iba a salir el personaje que a mí me interesaba, y después la portera iba a decir dos o tres palabras sobre él, no más. El cuento iba a seguir hablando de la portera, con el tono serio de las menudencias importantes, y después iba a haber un cuento sobre otro personaje, quizás el chabón del 3°11, que iba a ser un treintañero recientemente desocupado y separado que miraba cómo los rayos de sol se infiltraban por la ventana, u oía a las palomas ulular en el hueco de la ventilación rota. Ese iba a ser un personaje triste, un poco ridículo, pero no del todo, y también iba a conocer tangencialmente a la persona que a mí me interesaba, quizás porque la miraba por la ventana, o por la perilla de la puerta; quizás porque a veces la única forma de salir del hueco que constituía su “sí mismo” era mirar por la perilla de la puerta. Y después iba a haber otros tipos, otros cuentos; yo tenía toda la historia de mi aburrido edificio casi tejida alrededor de las multiplicidades, y de ese único personaje que me interesaba. El único, el único que no tenía cuento propio, que no tenía voz propia ni participación; el que tenía que pasar desapercibido para todos, el que no tenía que ser (sólo para mí). Él iba a morir bajo un tren (yo siempre temía un poco ser atropellado por un tren cuando cruzaba las vías para llegar a mi edificio; yo siempre tuve miedo de que se me cayera la barrera encima, hasta que empecé a viajar mucho en tren, hasta que cruzar vías fue algo usual, hasta que ya no me hice tiempo para tener miedos pueriles – y todos los miedos lo son); él se iba a suicidar bajo un tren, pero nunca íbamos a saber por qué; sólo íbamos a conocer la puteada del personaje de turno, que justo iba a llegar tarde al trabajo por el retraso, que iba a defenestrar a ese suicida como a los anteriores, sin saber, sin querer saber jamás qué le había pasado. Y nadie le iba a hacer una crucecita de maderas húmedas a mi personaje favorito al costado de las vías, nadie lo iba a lamentar demasiado, todos iban a ser perfectamente razonables: ¿por qué llorar a los muertos? Sí, es estúpido, están muertos, todos mueren, todos morimos, carpe diem, pues, basta de elegías. Pero el suicidio ignoto iba a dejar un gusto amargo.
De todos modos, al final no escribí el rejuntadero de relatos sobre mi edificio, y la idea se hizo vieja como mis ganas, así que ya no importa que lo cuente. Ahora escucho una llave que gira en una puerta. El perro ya no ladra. Está todo silencioso, como si la gente durmiera siesta; las puertas están cerradas como siempre, las ventanas no, no todas, pero sí vacías.
Mi edificio es una cosa de cemento y ladrillo, vidrio y cartón y tejas. Yo no lo escucho bullir, yo no escucho a nadie, apenas si a la ruta que vive del otro lado de la ventana en camiones que transportan reses, en camiones que transportan huesos, en autos que siempre huyen y picadas nocturnas. Supongo que somos buenos vecinos, encerrados en nuestros cuartos en el silencio doméstico, como locos voluntarios entre paredes aislantes, blancas, entre nuestros pensamientos, que se rarifican en la atmósfera renovada por ventiladores y aires acondicionados que enfrían el café. Sí, somos buenos, muy silenciosos vecinos.


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  1. Pintura: Los proverbios flamencos (1559) Pieter Bruegel el Viejo

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