18 Oye Alejandra

Un vecino tiene la costumbre de poner ópera y cosas cantadas en italiano a todo volumen, siempre a las cuatro y media de la tarde, cuando no está lloviendo. Dan ganas de matarlo, porque es la hora de la siesta, pero tiene tanta cara de viejo bueno que nadie le dice nada y él se sale con la suya. Además, le agrega un "algo" al ambiente, un aire a ciudad distinta a Buenos Aires. Claro que un poco la culpa de eso también la tiene nuestro barrio, con sus arbolitos escuálidos, las casas chorizo, las rejas de hierro verde y las pocas sillas que todavía resisten en las puertas a pesar de que ya pocos se sientan a tomar mate afuera por las tardes. Sí, nuestro barrio es común, pero también tiene un algo, algunos detalles curiosos, una mezcla de peculiaridades. Como ese bar que es casi una pulpería a dos cuadras del lugar donde yo vivo, la calle de las macetas o los rosales de la mujer de la casa más grande, y por qué no, mi vecino con su nostalgia de tano viejo y expatriado.
La cosa es que hoy llegué tarde a casa y escuché la voz desde lejos, la nota sostenida, la culminación repentina y el nuevo inicio. No ocurrió nada mágico, porque la música, a pesar de todo, no tiene la capacidad de transformar las cosas, pero sí coincidió justo con un altercado que debe ser común en los barrios, pero al que no siempre llego a asistir con semejante música de fondo. Era la dueña del almacén, que peleaba a los gritos con Estela, la de las rosas que yo corto a escondidas cuando puedo, porque tienen un olor riquísimo. Estela bajaba las escaleras aferrando su bolsita como si alguno de los curiosos fuéramos a robarle algo, nos veía y le gritaba cosas muy ciertas entre improperios a Pola, la almacenera, la mayoría de ellas relacionadas con los precios de los productos y su calidad. Pola, a su vez, le llamaba "zorrita" y afirmaba que ella no era ninguna tarada. No nos costó mucho darnos cuenta de que Pola era una cornuda, y muchos se rieron por lo bajo a causa de ello: creo que la mayoría creía que se lo tenía merecido, que alguna vez tenía que pagar y a lo grande, por chismosa y metepúa, que todo se sabía bien en el barrio. Pero también estábamos los que esperábamos a que nos atendieran, mitad entretenidos por las dos mujeres y mitad fastidiados por el tiempo que demoraban en acabar con el escándalo de una vez por todas. Entre tanto, la voz seguía, un poco burlona y un poco exageradamente preocupada. Terminó y empezó algo más ligero: Estela se había enojado con un calificativo de Pola y la aferraba de los pelos: le zarandeaba la cabeza, se pisaban de taco aguja y chinelas, alguien sacaba las uñas pero trastabillaba, una pierna enredaba a la otra, una torre se inclinaba peligrosamente y la gente se movía haciendo espacio al “ah” ahogado, agudo en la música, un pequeño círculo, un revoltijo de ropa, una media agujereada, unos chicos sosteniéndose la panza y zás, una mano peluda, grande, zás, dos minas separadas de repente, furiosas, que se enojaron con él y guay que casi lo arañan... en fin, ya saben como son las cosas. Había empezado una ópera llena de excusas y lamentaciones, de risas irónicas: el Cacho era un payaso que gesticulaba, la gente se entretenía, comíamos maní que alguien había afanado en la trifulca, esperábamos. Era entretenido, un solo sostenido interminablemente con la mano en el pecho, faltaba un “mi vida”, un “pero vení a acá bobita que te quiero”, el marido inclinándose ligero y ella reticente –¿y la otra? ¡pintada!, como aprobaban las vecinas-, era todo suave y susurrante, el preludio de un final feliz como debía ser, pero Pola olió algo en el aire y se rompió la atmósfera, olisqueó, me vio a los ojos, se olvidó de Estela y rígida como un palo de escoba patizambo, se rayó el disco y se paró. El marido se retorcía las manos y nos miraba; Estela no lo pudo soportar. De pronto fue el silencio, Pola me miraba y a mí sólo se me ocurrió ocultar las manos detrás de la espalda, a ver si encima después me quería cobrar de más, con lo caras que están las cosas. Y duró un segundo pero el viejo no puso otro disco y parecieron despertarse todos; Pola se avivó y enfiló derecho, el marido farfullando atrás mientas ella gritaba uno o dos insultos más antes de volver a la guarida. A Estela no le quedó otra más que irse ofendida, muy digna, eso sí, alisándose la camisa; y la turba se disolvió rápidamente. Pola no la miró, era como una gallina emperifollada evitando más picoteo. Pero tardó en despacharnos; es un almacén de barrio, siempre tardan: se puso a comentar las cosas y demoraba, y el Cacho, como pintado, pero por una vez atendía sin decir palabra, porque si no, no se acababa más el asunto. Yo estaba casi al final, todavía con las manos llenas de sal, y si no me colé fue porque quería esperar a ver si se olvidaba, porque había salido con el cambio justo, pero por suerte me atendió él, y me fui de esa cueva oscura que es el almacén con las dos bolsas chiquitas sin demasiada alharaca. Dos chicos comían mandarinas sentados al lado de la entrada de la tienda. Tenían unos pantaloncitos gastados y manchados de tierra en los que se limpiaban las manos pegajosas. El aire olía a mandarina y rosas: yo corté una del jardín de Estela aprovechando que ella se había encerrado en su casa. El sol ya coqueteaba con los rojos del atardecer, y casi pude oír a la voz subir de nuevo, paulatina, en un último tema grandioso, para languidecer con mis últimos pasos en medio de una agitación triunfal. El día acabó unas horas después, pero las notas siguieron flotando un ratito: se apagaron lentamente entre las figuritas de los chicos y los jilgueros de los vecinos, con el regreso a casa de algunas sombras y el murmullo de la tele y las lámparas que iluminan las calles.


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  1. Pintura: Dos niños comiendo melón y uvas (1645-46, 1650) Murillo

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